El País - Sábado, 24 de febrero de 2001

Las cárceles del horror

En democracias o en dictaduras, en países ricos o pobres,
millones de presos sobreviven a duras penas

YOLANDA MONGE / JORGE MARIRRODRIGA, Madrid

Con la manos en la cabeza y la frente contra el duro suelo, cientos de presos en calzoncillos se tumbaban alineados en filas el pasado lunes en el patio del penal brasileño de Carandirú.

En Iberoamérica son muchas las prisiones tristemente célebres por sus motines, reprimidos la mayoría de las veces a sangre y fuego.

Según la organización de defensa de los Derechos Humanos Amnistía Internacional (AI), las condiciones en las que los presos son recluidos en las cárceles brasileñas, "menores de edad incluidos", son crueles, inhumanas y degradantes.

Las cifras lo explican todo. En un total de quinientos presidios se hacinan ciento setenta mil presos.

Allí son habituales, indica AI, las muertes de los presos bien por malos tratos ejercidos por sus guardianes o por la negligencia de éstos a la hora de evitar la violencia entre presos.

Las palizas y la intimidación son algo habitual para controlar a los díscolos, la atención médica es prácticamente inexistente y los presos preventivos tienen que compartir el escaso espacio con los condenados a largas penas.

Conseguir plaza para dormir en una litera cuesta no menos de quince mil pesetas. Los peldaños de escalera resultan bastante más baratos. Muy pocos tienen cama. Duermen en el suelo hacinados quince presos en celdas de unos dieciséis metros cuadrados.

AI pone como ejemplo del desastre penitenciario brasileño la prisión de Roger, en el Estado de Paraíba, donde "los presos se encuentran hacinados en celdas sin ventilación donde se filtra el agua de la lluvia". Y añade: "Las cañerías rotas vierten aguas residuales en el patio de la prisión".

La masificación llega a tal punto que, según denuncia la organización Human Rights Watch (HRW), en el Estado de São Paulo se producen motines únicamente para exigir el traslado a penales menos superpoblados. La situación llega a tal extremo que los reclusos escapan en cuanto pueden, independientemente del periodo de condena que les quede por cumplir.

"La mayoría de los presos de América Latina son preventivos", explica a este periódico Joanne Mariner, de HRW. "Hay países en los que el ochenta por ciento y hasta el noventa por ciento son preventivos y eso es porque el sistema de justicia no funciona".

Según Mariner, "falla lo básico, la Administración no paga a los vigilantes y esto genera corrupción. Al final, las cárceles quedan en manos de los presos y los más fuertes hacen que los más débiles paguen hasta por poder estar en una celda".

Estados Unidos, el país que posee la más poderosa economía del planeta, no regala escalofríos al mundo con imágenes de sangrientos motines. Su brutalidad es otra. Las imágenes de prisioneros arrastrándose por el suelo, golpeados con garrotes eléctricos, mordidos por perros o insultados por guardas de seguridad son las que provocan la conmoción y la repulsa de medio mundo de cuando en cuando.

En un artículo de la revista The Economist se asegura: "A Estados Unidos no le basta con quitar la libertad a los criminales, sino que parece enpeñado en hacer su vida más miserable todavía".

Phillip Cordova relató a Amnistía que, durante su primer día en la prisión estatal de Wallens Ridge, le mantuvieron inmovilizado mientras unos guardias de la prisión le golpeaban y le aplicaban descargas con un arma paralizante de electrochoque.

Perry Conner asegura que le aplicaron doce descargas y le golpearon en la ingle, haciéndole perder el control de su intestino.

Ambos describieron cómo los guardias de esta prisión de supermáxima seguridad en el Estado de Virginia mantenían un ambiente de terror e intimidación mediante, por ejemplo, la utilización, arbitraria o como castigo, de dispositivos de electrochoque, la privación del sueño, la inmovilización con mecanismos que los sujetaban por los tobillos y las muñecas en celdas de castigo y la negación de asistencia médica.

Hoy en día, la población carcelaria de Estados Unidos es de dos millones de personas, de los que casi la mitad son hombres negros, según informa el Departamento de Justicia norteamericano.

La población carcelaria de Estados Unidos supone un cuarto de toda la mundial, que se calcula en ocho millones.

Un estudio de Sentencing Project, un grupo de abogacía de Washington, señala que uno de cada tres hombres negros en torno a los veinte años está bajo alguna forma de supervisión por algún delito.

También señala que un varón negro nacido en 1991 tiene un veintinueve por ciento de posibilidades de ser encarcelado en algún momento de su vida, mientras que las de un hispano de sus mismas características es de un dieciséis por ciento y para un blanco un cuatro por ciento.

Entre 1990 y 1995 se construyeron en Estados Unidos más de doscientas nuevas prisiones, aumentando la capacidad en un cuarenta y uno por ciento y superando el ritmo de crecimiento de, por ejemplo, las universidades.

Los datos difundidos por Sentencing Project señalan que seiscientos noventa estadounidenses de cada cien mil están en la cárcel, una cifra que supera a Rusia, según datos de 1995.

En las penitenciarías y en los centros de prisión preventiva en Rusia, que albergan a más de un millón de reclusos, se inflige un trato cruel, inhumano y degradante, según AI. Cientos de miles de personas pendientes de juicio viven recluidas en condiciones de grave hacinamiento.

Miles de reclusos tienen que dormir por turnos, a menudo sin ropa de cama. Muchas celdas están llenas de suciedad, ratas e insectos y carecen de luz y ventilación suficiente.

Hay países donde la situación carcelaria es menos conocida porque no permiten el acceso a las organizaciones internacionales y la información es mínima. Es el caso de China, donde la tortura y los malos tratos a los presos son prácticas generalizadas.

Los presos que cumplen condena en cárceles o en campos de trabajo son frecuentemente torturados por los guardias o por otros presos a instancias de los guardias. Además, se emplea a los presos como mano de obra esclava en la producción de productos que luego se exportan.