El País - Martes, 8 de mayo de 2001

'A nadie le importamos nada'

La desesperanza se apodera de los cincuenta mil huidos afganos que malviven en un campamento paquistaní

ÁNGELES ESPINOSA. Peshawar

La doctora Farina ha visto todo tipo de enfermedades en Nuevo Shamshatoo, menos depresiones: 'Es cierto que muchos pacientes se quejan de dolores que, sin duda, están relacionados con el estrés que supone la vida en el campamento, pero no tenemos personas deprimidas'.

Ni siquiera ese lujo pueden permitirse los cincuenta mil afganos que entre octubre y enero pasados se refugiaron en esta ciudad de tiendas de campaña, cuarenta kilómetros al sureste de la ciudad paquistaní de Peshawar.

Bajo las lonas del ambulatorio modelo del campo, Farina y sus colegas Rumana y Nabib atienden cada día entre ciento cincuenta y doscientas consultas de entre los diez mil pacientes que tienen asignados.

Otras cuatro unidades básicas de salud se distribuyen el resto de los habitantes del campo.

Las enfermedades más frecuentes son la diarrea, las infecciones del aparato respiratorio y las que afectan a la piel. 'Apenas pueden mantener un mínimo de higiene y hace mucho calor', explica esta médica afgana de treinta y dos años.

Para los casos más graves, refieren a los enfermos a los hospitales de Peshawar. 'Claro que no disponemos de ambulancia', se disculpa el doctor Nabib, director del centro. Aun así, el camino recorrido desde el pasado mes de octubre es bastante considerable, dadas las circunstancias. Además de los cinco ambulatorios, el campamento cuenta hoy con abastecimiento de agua, letrinas y lavabos; también con varias escuelas, un centro de formación profesional para discapacitados y mujeres, y un programa de ayuda alimentaria para sostener a las familias.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) reconoce la labor llevada a cabo por las organizaciones no gubernamentales en Nuevo Shamshatoo en la primera fase de la crisis, que a esa agencia de Naciones Unidas le pilló desprovista de fondos. Aun así, el tiempo se hace eterno bajo esas hileras de tiendas expuestas al sol. 'Pasamos el día sentados sin nada que hacer; lo que deseamos es volver tan pronto como sea posible', asegura desde debajo de su burqa Rahmatula Sha, que tiene cuarenta y cinco años.

La vida no siempre fue así de dura para el hajji Abdul Karim. Este venerable anciano aún mantiene, a sus setenta y tres años y a pesar del sufrimiento, el porte de un notable de su tribu. Hace veinticinco años incluso pudo permitirse el viaje a La Meca que todo buen musulmán debe realizar al menos una vez en su vida, el hajj, de ahí el tratamiento de respeto hajji. 'Afganistán era otro país, entonces teníamos servicios, paz, no había problemas', recuerda con nostalgia en la tienda de campaña que hoy les alberga a él, su mujer y sus cinco hijos.

Abdul Karim tuvo que abandonar sus tierras de labranza en Jalaishal (provincia de Kunduz, al norte) cuando la zona fue tomada por los talibán el pasado diciembre. A pesar de haber huido de los ataques de los nuevos dueños de Afganistán, este turcomano de porte elegante y digno se niega a tomar partido. 'Estoy con quien traiga la paz', asegura, haciéndose eco de un sentimiento repetido una y otra vez en decenas de entrevistas mantenidas la semana pasada con refugiados. 'No sabemos quién es mejor, a nadie le importamos nada', concluye.

La desesperanza se ha apoderado de decenas de miles de afganos que a la destrucción de la guerra han visto sumarse desde el verano pasado una sequía sin precedentes. En torno a ochocientas mil personas han huido de sus casas desde septiembre de 2000, de las que cerca de trescientas mil se han instalado en Paquistán.

La avalancha humana, la mayor desde principios de los años noventa, ha frenado los programas de repatriación que desde 1998 había puesto en marcha ACNUR y que el año pasado permitieron la vuelta a sus hogares de setenta y seis mil afganos refugiados en Paquistán y de ciento treinta y tres mil procedentes de Irán.

Los refugiados de Nuevo Shamshatoo han tenido suerte. Desde el pasado enero, el Gobierno paquistaní ha revisado su política de acogida y unos setenta mil afganos se encuentran atrapados en el campamento de tránsito de Nuevo Jalozai sin que ACNUR pueda registrarlos como refugiados y enviarlos a un campo en mejores condiciones. Medio millón más se han convertido en desplazados internos al no poder cruzar la frontera.

Ante la escasa cosecha que se espera para este verano, esa agencia humanitaria calcula que al menos un millón de personas corren riesgo de morir de hambre. 'Hemos pedido a ACNUR que les asista dentro de las fronteras afganas', explica Naeem Khan, el comisionado paquistaní para los refugiados afganos en Peshawar.

Paquistán, que no ha firmado la Convención de Ginebra, sólo reconoce como refugiados a aquellos afganos que huyeron durante la durísima guerra que siguió a la invasión de la antigua Unión Soviética (entre los años 1979 y 1992), porque considera que el conflicto actual no se trata de una agresión externa. 'Las nuevas oleadas de afganos son simple y llanamente emigrantes económicos y emigrantes ilegales', asegura Khan.

El responsable paquistaní tiene una explicación para este crudo análisis: 'Dado que la mayoría de los recién llegados pertenecen a las minorías uzbeka, tayika o turcomana, ¿por qué no han cruzado la frontera hacia el Norte, en dirección a sus países hermanos?'.

'Somos buenos musulmanes, así que cuando tuvimos que marcharnos pensamos en venir a un país musulmán', le responde sin saberlo Shamsedin, un joven de diecinueve años que llegó a Nuevo Shamshatoo hace cuatro meses, acompañado de sus padres y hermanos. Ahora busca desesperadamente trabajo, pero lo que de verdad le gustaría es poder estudiar medicina para poder ayudar a su pueblo.

Jalozai, sección 36: los parias de los parias

Fueron trasladados a este rincón del campamento de Jalozai hace una semana, cuando el lugar donde se habían instalado se inundó. Son cinco mil familias (unas veinticinco mil personas, según los cálculos facilitados por el ACNUR) que sobreviven hacinadas bajo plásticos y con menos de diez litros diarios de agua por persona.

Ahora, con el fin de las lluvias, empiezan a padecer el calor agobiante de la región. La situación en Jalozai (setenta mil almas) es tan desesperada que muchos de los refugiados venden las tiendas y otros productos básicos que reciben de ACNUR, las organizaciones no gubernamentales o donantes privados para poder comprar comida.

'Somos conscientes de ello', manifiesta Alexandro Bolzoni, coordinador de emergencia de ACNUR. 'El pasado mes de abril distribuimos tres mil toldos de plástico que nos habían costado setecientas rupias (dos mil cien pesetas) cada uno y a las pocas horas los estaban vendiendo en el mercado local por cuatrocientas rupias; nosotros les proveemos con materiales básicos, pero no controlamos lo que hacen con ellos', explica Bolzoni.

Y es que los empleados de ACNUR son conscientes de las necesidades de estos refugiados, pero al no estar registrados no pueden distribuirles comida de forma regular.

Esta situación ha dado lugar a imágenes vergonzantes de refugiados peleándose por la comida que les llevaban algunas organizaciones.

'Los donantes privados no coordinan la distribución; sólo se limitan a llegar y repartir lo que traen, algunos casi arrojan los alimentos como si fueran confeti', lamenta el coordinador Bolzoni, que teme que esta ayuda ocasional va a terminar pronto.


La tragedia afgana

En pocos países coincide tal cúmulo de miserias como en Afganistán. Sobre una guerra civil que dura veinte años y una sequía bíblica que va para cuatro se superpone el dominio político de una secta de iluminados islámicos. El experimento social talibán viene infligiendo a los afganos un sufrimiento difícilmente imaginable, que tiene su reflejo más siniestro en el trato dado a las mujeres.

Para mayor desdicha, el devastado país de Asia central está fuera de los grandes circuitos informativos, lo que permite a las potencias regionales implicadas jugar sus bazas con total impunidad.

La crisis humanitaria afgana, consecuencia de esa mezcla de factores, alcanza proporciones insoportables. Hay más de tres millones y medio de refugiados, sobre una población de veinte millones, y se calcula que otros seiscientos mil se han puesto en marcha en el último medio año.

Con la reapertura primaveral de los caminos, el éxodo de la miseria se multiplica hacia los países vecinos. Paquistán acoge alrededor de dos millones de refugiados, y doscientos mil más en los últimos meses. Irán, un millón y medio.

Las sobrepasadas organizaciones humanitarias intentan en vano frenar el abandono de los pueblos. Pero no se puede parar con un puñado de comida a quien nada tiene y nada espera, salvo mayor humillación y más violencia.

La ONU se queja de que recibe sólo una parte del dinero prometido por diferentes Estados. El cansancio de los donantes internacionales es patente a propósito de un país en guerra permanente y en manos de un poder oscuro, poco colaborador y al que sólo reconocen Arabia Saudí, Paquistán y los Emiratos Árabes Unidos.

Pero la sordidez de la situación afgana deriva en buena medida de la hipocresía con que en aquel escenario de fin del mundo se juega el ajedrez de los intereses regionales, mientras las potencias miran hacia otro lado.

El embargo de armas es ficticio tanto para los talibán, que se aprovisionan vía Paquistán, como para sus oponentes leales a Ahmad Shah Masoud, ayudados por Irán, Rusia y diferentes Gobiernos occidentales.

El responsable de la ONU para los Refugiados intenta en vano, en una gira por la región, obtener una tregua de meses que permita la distribución eficaz de la insuficiente ayuda internacional y el asentamiento de los que siguen huyendo.

Pero ninguno de los dos bandos está dispuesto a dejar las armas cuando se avecina el verano, la época de las ofensivas rituales. El horizonte en Afganistán, así, es de más sufrimiento para millones de seres sin capacidad para hacerse oír o rebelarse, colocados por los acontecimientos al otro lado del muro.