El Mundo - Jueves, 23 de agosto de 2001
"No se preocupe, sólo somos unos pobres negros"
Documentos desclasificados revelan que EE.UU.
conocía de antemano el genocidio ruandés y no hizo nada por evitarlo
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JAVIER ESPINOSA. Corresponsal. RABAT.- Viajar por Ruanda en aquellos meses de mayo y junio de 1994 constituía un recorrido por el horror más apocalíptico. Los niños elegían a las próximas víctimas tutsis en el Gran Seminario de Kabgayi, convertido en campo de concentración. Rostros desesperados que tan sólo esperaban su turno. "Es como hablar con personas que ya están muertas", afirmaba Joao Silva, el fotógrafo de AP que me acompañaba. En Kigali, turbas ataviadas con pelucas y lanzacohetes saqueaban la ciudad. Casi un millón de personas huía ante la acometida de la guerrilla. Aquel primer ministro hutu, Jean Kasmbanda, -hoy condenado a cadena perpetua por crímenes contra la Humanidad- se permitía aleccionarnos sobre la "prepotencia" de los tutsis. Fue una tragedia que Occidente conocía de antemano. Así lo adelantó en 1998 el periodista norteamericano Philip Gourevitch en su estremecedor libro Nos gustaría informarle de que mañana seremos asesinados. Ahora lo confirma la publicación, el lunes pasado, de 16 documentos secretos del Archivo Nacional de Seguridad (ANS) de EE.UU., como el famoso fax del genocidio que el general canadiense Romeo Dallaire envió el 11 de enero de 1994 -meses antes de que dieran comienzo las masacres- al entonces responsable de operaciones de paz de Naciones Unidas, un tal Kofi Annan. El documento, incluido ya en el libro de Gourevitch, recogía una conversación entre Dallaire y un informante del Gobierno hutu en la que éste le alertaba sobre la organización de grupos paramilitares -los interahamwe- entrenados para matar cada uno a "1.000 tutsis en 20 minutos". "Están registrando a todos los tutsis de Kigali [...] sospecha que es para exterminarlos [...] si los [cascos azules] belgas recurren a la fuerza varios de ellos serán asesinados forzando su retirada [...] quieren provocar una guerra civil". Una profecía que se cumplió a partir del 6 de abril de ese año. Dallaire solicitaba permiso para desmantelar los depósitos de armas hutus. Naciones Unidas se lo denegó. Nada más iniciarse la crisis, EE.UU. se convirtió en el principal mentor de una retirada apresurada de los cascos azules. Pero los documentos del ANS prueban que Washington conocía perfectamente el alcance de la catástrofe. Así, un texto informativo redactado el 11 de abril de 1994 para Frank Wisner, número tres del Pentágono, anunciaba "cientos de miles de muertos [...] un baño de sangre que se extenderá a Burundi [...] millones huirán a Uganda, Tanzania y Zaire[...]". El mismo texto, sin embargo, aclaraba que EE.UU. no intervendría "hasta que se restablezca la paz". Es más, un telegrama del Departamento de Estado estadounidense fechado el 15 de abril exhortaba a sus representantes en la ONU a solicitar "la completa retirada" de los soldados de Naciones Unidas de Ruanda "tan pronto como sea posible". Según revela otro telegrama del 29 de abril hasta ahora secreto, la asistente del Departamento de Asuntos Africanos de EE.UU., Prudence Bushnell, llegó incluso a telefonear al coronel Theoneste Bagasora, coordinador oficial del genocidio, para expresarle la "preocupación" de su país por lo que acaecía en la pequeña nación africana. Bagasora fue después condenado a perpetuidad por el Tribunal Internacional de Arusha. Varios de los informes iban dirigidos a Warren Christopher, entonces secretario de Estado. Pero la política de Washington no cambió un ápice. Los textos demuestran que ni tan siquiera se atrevían a denominarlo "genocidio". ¿Cómo se explica este desinterés de los países civilizados ante tamaña hecatombe? Quizás la respuesta se encuentre en aquella frase demoledora que pronunció un anciano que esperaba plácidamente a ser ejecutado en Kabgayi. "No se preocupe, sólo somos unos pobres negros". |