Rebelión - 10 de septiembre del 2001
Ser gitano en la Europa ex-comunista
Vivir peor que todos y morir antes de tiempo
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Roberto López Belloso - Brecha En Hungría viven diez años menos que los no gitanos; en la República Checa tienen un desempleo superior al 70 por ciento; en Rumanía se asegura que viven casi tan mal como en la Edad Media. La situación de los gitanos es el talón de Aquiles de las democracias nacientes de Europa del Este y uno de los escollos en el difícil camino hacia la ampliación de la Unión Europea. La enorme luna llena domina el escenario, recortándose contra una escenografía que simula un cielo estrellado. Las cámaras de la televisión checa trasmiten para todo el país el Festival Mundial de Música Gitana Khamoro. En las butacas no está la silenciosa y solemne platea que se suele encontrar en otros conciertos del Este de Europa; aquí el público conversa animadamente, va y viene de la cantina con vasos descartables rebosantes de cerveza, o simplemente camina por pasillos en los que se hace difícil abrirse paso. A pesar de que la sala alberga a casi un millar de personas, todos parecen conocerse y se saludan con la efusividad de quienes llevan tiempo sin verse. Es una suerte de fiesta popular que en lugar de hacerse en un campamento gitano está ocurriendo en una de las principales salas del centro de Praga, la Lucerna, diseñada en estilo Art Déco por el abuelo del actual presidente checo. El Festival Khamoro, que formaba parte de los festejos del año 2000, en el que Praga había sido elegida una de las capitales culturales europeas, se celebró poco tiempo después de que la sociedad checa se viera conmovida por una polémica desatada a raíz de un muro. La controvertida muralla no estaba en Berlín ni en la lejana China, sino que se erigía en una pequeña localidad de Bohemia llamada Usti nad Labem. La había levantado un grupo de checos para separar su edificio de otro habitado por gitanos. Los organismos de Derechos Humanos consideraron al muro como una afrenta a la naciente democracia checa, en tanto que sus constructores se defendían alegando el derecho a proteger a sus hijos y a sí mismos mediante una "barrera acústica e higiénica" ubicada dentro de su propiedad. El vocero de los vecinos amurallados, Milan Knotek, explicó que se trataba de una manera de preservar a la "gente decente" de la molesta presencia de la "problemática comunidad gitana". En el caso intervino el propio presidente Vaclav Havel y finalmente se logró desmontar el muro, pero la herida quedó abierta y el debate instalado: ¿es el racismo uno de los nuevos fenómenos que trajo la economía de mercado; o siempre estuvo allí, disimulado bajo el espeso velo de una sociedad de iguales? Josef Facuna, un dirigente gitano de la ciudad de Ostrava, en la que viven 200 mil integrantes de esa comunidad, asegura que la situación cambió desde la caída del comunismo. Para peor. "Yo he vivido en Ostrava por 42 años. Al menos durante el régimen totalitario sabía que podía trabajar ocho horas, volver a mi casa, o ir a donde quisiera. Pero ahora no. Ahora estoy todo el tiempo con el temor de que alguien me ataque", asegura. La prensa checa y los reportes internacionales se refieren con frecuencia a casos de discriminación contra los gitanos, desde polémicas leyes de ciudadanía hasta ataques de bandas neonazis. Aunque el problema no es nuevo, sí es de suma actualidad, ya que puede constituirse en un escollo en el camino de la integración de la República Checa a la Unión Europea. El Reporte 1999 sobre los progresos realizados por el país en esa dirección, ya veía con preocupación el tema. El documento registra que entre 1997 y 1998 el número de miembros de grupos extremistas se duplicó hasta llegar a las diez mil personas, a la vez que en 1998 hubo 133 crímenes motivados por el racismo, la mayoría en contra de gitanos. Un año más tarde, el Ministerio del Interior checo dio a conocer su Informe 2000 sobre el extremismo, en el que reconoció un aumento en la cantidad de miembros de los grupos xenófobos y la duplicación de los crímenes racistas. El resultado de este diagnóstico fue una campaña estatal contra el racismo, con un presupuesto inicial de un cuarto de millón de dólares. La educación es uno de los aspectos críticos del vínculo entre gitanos y no gitanos en la República Checa. La Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE) detectó que se trata de una de las peores situaciones de su tipo en toda Europa. En especial se cuestiona que mientras los gitanos son sólo el 3 por ciento de la población checa, sus niños constituyen el 70 por ciento del alumnado de las escuelas especiales para discapacitados mentales. Para atacar esta realidad con medidas de fondo e integrales, el gobierno anunció, en junio de 2000, un plan de acción estratégico a implementarse entre 2001 y 2010, para promover el acceso justo de los gitanos a la educación en todos los niveles, desde el jardín de infantes a la universidad. NO ES FÁCIL LA INTEGRACIÓN. Décadas de desconfianza mutua y de prejuicios se suman a estadísticas oficiales que indican que el 60 por ciento de los crímenes en la República Checa son cometidos por gitanos. Monika Horakova, la primera gitana en obtener un asiento en el parlamento de ese país, puntualizó que existen ciertos aspectos de la cultura romaní que hacen difícil la integración: "No estamos preparados para pensar en el futuro, vivimos de día en día, lo cual hace difícil la adaptación a los trabajos asalariados". De acuerdo con un informe dado a conocer en 2001, entre el 70 y el 90 por ciento de los gitanos checos están desempleados. NO SÓLO MÚSICA. En todas las buenas disquerías de Budapest, a mediados de 2000, cuando se solicitaba un disco representativo del paisaje sonoro más profundamente húngaro, lo que se ofrecía era música gitana. Pese a este reconocimiento cultural, los gitanos -que prefieren ser llamados romaníes o romas- son un colectivo discriminado, tanto en Hungría como en buena parte del resto de Europa del Este. Una discriminación que no sólo se vincula al aspecto étnico sino también a su marginalidad socioeconómica. Son el 5 por ciento de la población húngara, pero datos de 2000 estiman que, al igual que en la República Checa, el 70 por ciento está desempleado. En algunas aldeas esta cifra trepa al 90 por ciento. La información, difundida por la Oficina Húngara para las Minorías Nacionales y Étnicas, afirma que si bien más del 70 por ciento de los niños roma va a la escuela primaria, sólo el 33 por ciento de los adolescentes llega a secundaria y menos del 1 por ciento ingresa a la universidad. El Informe sobre la Situación de los Roma y Sinti en los países del área de la OSCE, presentado en marzo de 2000 por el Alto Comisionado para las Minorías, da más pistas sobre esta realidad. En primer lugar se aclara que no todos los roma son los mismos roma. Si bien tienen problemas comunes no se los puede uniformizar. En Hungría existen tres grupos lingüísticos diferentes entre los gitanos: los romungros (que hablan húngaro), los beás (que hablan rumano) y los olach (que hablan romaní). Desde los informes de prensa sobre la prohibición de la entrada de público gitano a un club nocturno de Békéscsaba, aldea del sudeste de Hungría, hasta la preocupación manifestada por el Comité de las Naciones Unidas contra la Tortura por el número desproporcionado de detenidos romas en las cárceles húngaras, los indicios sobre discriminación contra los miembros de esta minoría son frecuentes. En otro pequeño pueblo, situado en el este del país, Tiszavasvári, se descubrió que en 1997 los niños gitanos eran forzados a tomar clases en aulas separadas de los demás alumnos y no se les permitía usar el gimnasio. Esto fue expresamente condenado por una comisión parlamentaria. No se trata de un panorama distinto del que existe en otros países de la región. Lo cual es bueno para la imagen del gobierno húngaro -no es el único sitio donde se discrimina a los roma- pero malo para los gitanos -no sólo los discriminan en Hungría-. A veces, sin embargo, no resulta fácil aislar la situación de esta minoría de la del resto del país. Un ejemplo es lo que ocurrió en un pueblo llamado Hajduhadház. La policía del lugar fue denunciada por los gitanos. Los maltrataban y los insultaban frecuentemente. El gobierno investigó y expuso sus conclusiones al público: Hajduhadház tenía el mayor índice de abuso policial en el país, ya se tratara de víctimas gitanas o no gitanas. La mitad del departamento de policía local fue cesado. Otros pueblos húngaros tienen mejores antecedentes en relación con el tema. Por ejemplo Kiskunhalás. Allí existe una fábrica de vaqueros de una conocida marca internacional en la que se aplica la política de priorizar la contratación de gitanos. Esto va de la mano con otra serie de medidas que nacen de la sociedad civil. Es el caso del instituto de enseñanza Gandhi, situado en Pécs. Fundado en 1992, el Gandhi se ha constituido en un modelo para los activistas romaníes de otros países. Brinda una educación de alta calidad y tiene como principal objetivo "educar un número significativo de profesionales romaníes, que sean devotos por su gente y que sean capaces de reorganizar las desintegradas comunidades gitanas". Por eso no sólo los prepara para la universidad, sino que los educa en identidad étnica. Esto último se logra tanto mediante cursos sobre cultura e historia gitanas, como por el uso de los idiomas lovári y beás en el proceso educativo. Por el momento sólo gradúan a la mitad de los estudiantes que comienzan las clases, pero la constante adaptación de los planes de estudio busca aumentar esa cifra, la cual igual es alta si se la compara con el resto de las escuelas a las que asisten niños gitanos. Formalmente los gitanos húngaros están protegidos por el hecho de que en setiembre de 1995 el gobierno ratificó el convenio marco sobre las minorías, y suscribió los principios de la Recomendación 1.201 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. El informe de los técnicos de la Unión Europea señala la existencia de una ley húngara de julio de 1993 que define como minoría a todo grupo étnico o nacional que viva en Hungría desde hace más de cien años y cuyos miembros tengan la ciudadanía húngara. Esta ley reconoce el ejercicio de sus derechos colectivos, que se expresan, en particular, en el establecimiento de gobiernos locales de las minorías, actualmente constituidos en 817 municipios. Estos gobiernos locales disponen de un derecho de veto sobre los asuntos relativos a la educación, la cultura, los medios de comunicación locales, el desarrollo de las tradiciones y el uso de las lenguas minoritarias. Para todo lo demás tienen una función consultiva. Tres años más tarde, en 1996, otra ley categorizó la discriminación racial como un crimen. Si bien los autogobiernos locales son considerados un ejemplo de participación por varios especialistas en el tema, no gozan de respaldo unánime. Un dirigente gitano en declaraciones a la prensa húngara aseguró que, en la práctica, "nosotros sólo tenemos el derecho de estar de acuerdo con las propuestas de otros". El propio gobierno húngaro tampoco se engaña sobre la distancia entre la ley y la realidad. En un informe sobre la situación de las minorías nacionales y étnicas aprobado por el parlamento en marzo de 1997, el Ejecutivo húngaro reconoció que los gitanos aún sufren "frecuentes agresiones y medidas discriminatorias". Esto se refleja en una desigualdad de oportunidades de acceso a la educación y al trabajo, lo que da por resultado que su tasa de desempleo sea cuatro o hasta cinco veces superior a la media nacional. Un problema complejo y de múltiples aristas. Los muchos datos que podrían agregarse callan ante uno que los resume y que revela la realidad en toda su crudeza: en Hungría un gitano vive diez años menos que un no gitano. LOS MÁS POBRES. Los gitanos son el 10 por ciento de la población rumana. Dos millones de personas que tienen incluso su propio partido político: el Partido Rumano del Pueblo de Roma, que asegura que esa minoría continúa viviendo en niveles de pobreza que no se diferencian demasiado de los que existían en la Edad Media; la ausencia de luz eléctrica y de agua corriente son habituales en los hogares gitanos. La caída del socialismo real originó rápidos movimientos de grupos gitanos que dejaron Rumanía y se mudaron preferentemente a la ex Checoslovaquia, originando lo que el Ministerio de Relaciones Exteriores rumano calificó como una verdadera "red de migración ilegal". Una vez que se produjo el llamado "divorcio de terciopelo", que en 1993 separó a checos de eslovacos, y a medida que se hacían más duras las condiciones de admisión en Polonia y Alemania, los gitanos de Rumanía establecieron la llamada "ruta verde" para ingresar a Eslovaquia a través de territorio ucraniano. La policía eslovaca, según el artículo que Marius Dragomir escribió para la Central Europe Review, asegura que una vez en el país se dedican a la venta de pasaportes y a la trata de blancas con destino al lucrativo negocio del sexo en los mercados occidentales. La realidad, apenas se la mira cara a cara, demuestra que si unos pocos lucran, la gran mayoría apenas logra sobrevivir. Tesco es una enorme tienda por departamentos presente en todas las ciudades importantes de la República Checa y de Eslovaquia. Frente a su local de Bratislava suele pedir dinero Zanfira Gindac, una mujer gitana que logra reunir unos veinte dólares por día, lo que le permite ahorrar en dos meses el dinero suficiente para volver a Rumanía y vivir allí durante medio año con sus dos hijos. Las autoridades eslovacas y el consulado rumano en ese país coinciden en que la emigración ilegal gitana procedente de Rumanía se duplicó en el año 2000 en relación con 1999. Pero si los gitanos de Rumanía son una minoría en Eslovaquia, también hay eslovacos que son una minoría dentro de territorio rumano. Viven con esa mezcla de pertenencia y desarraigo que es tan habitual en el este de Europa. ¿Cómo una persona que nació en un país en el que su familia vive desde hace generaciones puede considerarse como nacional de otro? Los eslovacos de Rumanía son eslovacos porque hablan ese idioma y reconocen esas raíces culturales, independientemente de cuántas generaciones haga que vivan en su ajeno país de nacimiento. Se consideran eslovacos pero legalmente no lo son, ya que las leyes de Eslovaquia no permiten la doble ciudadanía. Pese a esto la mayoría de los hijos de familias étnicamente eslovacas prefieren cursar la universidad en Bratislava (en la que son considerados estudiantes extranjeros por más que llamen a Eslovaquia "la tierra de nuestros abuelos") antes que hacerlo en Rumanía que, de acuerdo con su pasaporte, sería su país. No sólo no se sienten rumanos sino que es habitual escucharlos quejarse de que sufren las consecuencias de que en el exterior vean a Rumanía "como un país sólo poblado por gitanos pobres". Uno más entre los prejuicios que según el Partido Rumano del Pueblo de Roma "impiden que los gitanos progresen, incluso si se esfuerzan para salir de la pobreza". Prejuicios que los rumanos no gitanos viven de manera contradictoria. Cuando salen del país y las policías fronterizas los discriminan porque asocian el pasaporte rumano con la pertenencia a la minoría gitana, en lugar de solidarizarse con sus compatriotas, viven la situación con resentimiento, lo que contribuye a reafirmar los prejuicios. Por más que los presidentes de Rumanía y de Eslovaquia realizaron una declaración conjunta en la que aseguraron que "el problema gitano es un problema de Europa", varios analistas coincidieron en señalar que estas palabras no deben ser tomadas necesariamente como auspiciosas. No sólo por la acepción del término "problema", que recuerda el enfoque que tomaba la multiculturalidad de algunas naciones latinoamericanas como "el problema indígena", sino también porque parece difícil que el tema pueda solucionarse de manera sencilla. La mujer gitana que mendiga frente a Tesco, Zanfira Gindac, resumió de manera descarnada lo complejo de la situación: "En Rumanía todos nos odian. No venimos aquí por gusto. ¿Usted piensa que me gusta ver a mi hijo tocando el acordeón en el tranvía y recogiendo las monedas de los eslovacos? Yo querría tener un salario en mi país y venir a Bratislava como una turista común y corriente".
Gitanos en Macedonia: Chivos expiatorios Películas como Tiempo de gitanos o Gato negro Gato blanco, del director Emir Kusturica, han colocado en las pantallas de cine un retrato entre festivo y amargo sobre la vida de los gitanos de la ex Yugoslavia. Estas comunidades -que se encuentran en Macedonia, Serbia, y Montenegro- no sólo están en el mapa cinematográfico, sino que tienen una existencia "real" pautada por la pobreza y la discriminación. Las dificultades que en toda Europa del Este deben sobrellevar los roma se han visto agravadas en la ex Yugoslavia por las crisis políticas, en especial por la guerra de Kosovo. Allí, luego que los bombardeos de la OTAN expulsaron al ejército serbio, comenzó la cacería de gitanos por la guerrilla albanesa. Los acusaban de haber colaborado con los serbios. Una verdadera paradoja, ya que durante la "limpieza étnica" que precedió a la intervención internacional, muchos gitanos eran obligados por los serbios a enterrar los cadáveres de los albaneses en fosas comunes, no como un premio sino como parte del castigo que recibían como grupo discriminado. Si bien es cierto que algunos gitanos participaron junto a los serbios en las razias en las que se expulsaba a los albaneses, e incluso es probable que -tal como indican las acusaciones albanesas- se quedaran con parte de los bienes de las familias expulsadas, se trató siempre de una participación individual y no de una toma de partido grupal. Estos episodios, amplificados por los prejuicios, hicieron que tras la retirada del ejército serbio los albaneses se tomaran venganza contra los gitanos. Una "limpieza étnica" a la inversa, por la cual las víctimas de ayer intentaban expulsar de Kosovo a los pocos serbios que aún permanecían en la provincia -mayoritariamente ancianos- y a los gitanos, por más que se sabía que quienes realmente habían participado de la "guerra sucia" habían huido tras la retirada del ejército serbio. Ser minoría y no morir en el intento Los gitanos que viven en Eslovaquia no son sólo ilegales rumanos, hay una importante comunidad que siempre vivió allí. El antiguo gobierno eslovaco (1994-1998) había abierto ciertas expectativas a través de declaraciones oficiales que luego se tradujeron en lo que los especialistas en el tema calificaron como "enfoques paternalistas". Más sensible al tema, el asesor del primer ministro para asuntos de minorías e integrante del Partido Húngaro de Coalición (que representa los intereses de los étnicamente húngaros dentro de Eslovaquia), Pál Csáky, puso el acento en algo que no por obvio resulta menos importante para el actual estado de las cosas: una solución a la cuestión gitana sólo puede ser encontrada con la participación de los representantes gitanos. Algo que parece estar en la agenda del nuevo gobierno, que estableció la Oficina del Comisionado Gubernamental para Asuntos Gitanos que tuvo como primera medida la elaboración de una "Estrategia para la Solución de los Problemas de la Minoría Nacional Romaní". Este enfoque no se limitó a la situación interna de la comunidad romaní, sino que estableció que uno de los puntos clave para avanzar en la dirección correcta es trabajar para superar los prejuicios de la opinión pública en contra de los romaníes. Sin embargo, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia, criticó a esta estrategia por lo lento de su implementación y por no distanciarse lo suficiente de la idea de que parte del problema es "el modo de vida gitano". Al gobierno, sin embargo, lo critican tirios y troyanos. Para la Unión Europea no va lo suficientemente lejos, en tanto que para la derecha eslovaca sucede todo lo contrario. Más de una vez la comunidad internacional ha escuchado las opiniones del dirigente del Partido Nacional Eslovaco (SNS) Viasozlav Moric, para quien los romaníes son simplemente "idiotas a los que hay que encerrar en reservaciones". Los dirigentes romaníes tampoco están totalmente de acuerdo con el comisionado gubernamental. No sólo le critican no haber sido electo por el voto ciudadano, sino que consideran su existencia como una forma de mantener a los romaníes al margen de los temas que interesan a toda la sociedad y guetizarlos en su propia problemática. Más allá de las declaraciones, el peso político de los gitanos no se corresponde con su importancia demográfica. Son el 8 por ciento de la población pero sólo disponen de seis alcaldes en 86, y no han logrado marcar con sus partidos una presencia nacional. Por el momento la comunidad está trabajando puertas adentro. Aseguran que primero es necesario que los 14 partidos políticos romaníes y las 29 asociaciones culturales que representan a esa minoría logren, al menos, establecer una agenda común de prioridades. |