Rebelión - 21 de diciembre del 2001

Estados Unidos en la ONU, un veto significativo

Alberto Piris - Estrella Digital

Durante la guerra fría, el repetido recurso al veto que ejerció la URSS en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fue manejado como un arma denigratoria contra la política exterior de la extinguida Unión Soviética. No hay que olvidar, sin embargo, que EE.UU. también lo utilizó con frecuencia.

El Consejo de Seguridad es el único órgano de Naciones Unidas cuyas decisiones están obligados a cumplir todos los Estados miembros. Los demás órganos de la ONU sólo hacen recomendaciones sin carácter vinculante.

En él conservan todavía el derecho al veto las cinco grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, que además son miembros permanentes del mismo. Esto es visto por amplios sectores de la comunidad internacional como un privilegio oligárquico que no dice mucho en favor de la necesaria imparcialidad de la Organización.

Bien es verdad que sin tal prerrogativa quizá la ONU no hubiera visto la luz, puesto que con su creación se trataba, desde un principio, de consolidar un mundo jerarquizado en el que los poseedores del poder económico, político y militar en 1945 no deseaban verse constreñidos por la aparición de nuevos países con pretensión de convertirse en potencias, aun de rango intermedio.

Sea como fuere, concluida la guerra fría el veto en el Consejo de Seguridad dejó de ser un arma de enfrentamiento político entre los dos grandes bloques y pasó a ser, en términos reales, el instrumento con el que los privilegiados estados que lo poseen impiden que la ONU cumpla con su cometido esencial de "mantener la paz y la seguridad internacionales", cuando esto es considerado como desfavorable para sus respectivos intereses nacionales.

No otra ha sido la causa que ha impulsado a EE.UU. el pasado sábado para ejercer, por segunda vez en 2001, el derecho de veto, oponiéndose al envío de observadores internacionales a los territorios palestinos. Propuesto por Egipto y presentado por Túnez -miembro temporal del Consejo hasta el fin de 2001-, el proyecto de resolución pedía protección internacional para el pueblo palestino y el cese de toda violencia.

Exigía también la reanudación del diálogo entre Israel y la Autoridad Palestina, contra la voluntad manifiesta de Sharon, que ha decidido ignorar la existencia de Arafat. A sugerencia de Francia, la resolución incluía un párrafo condenando todos los actos de terror, en especial los cometidos contra la población civil, a fin de hacerla más aceptable para EE.UU.

En la votación, EE.UU. vetó la resolución; se abstuvieron el Reino Unido y Noruega; los otros doce países votaron a favor, incluidos tres miembros permanentes: China, Rusia y Francia.

El representante palestino ante la ONU, aunque se declaró satisfecho por el amplio apoyo que en el Consejo de Seguridad obtuvo la causa de su pueblo, declaró que este órgano "es utilizado por algunos sólo cuando les es favorable", recordando que Israel incumple desde hace muchos años varias resoluciones, con el apoyo no disimulado de EE.UU.

La votación ha revelado, sin embargo, algunas dificultades significativas que afectan a Europa y EE.UU. Un texto relativamente moderado y equilibrado, pero sometido a votación quizá con cierto apresuramiento, ha vuelto a mostrar la división de Europa, puesto que dos países -Francia e Irlanda- han votado a favor y otros dos -Reino Unido y Noruega- se han abstenido.

De modo paradójico y casi simultáneo, todos los jefes de Estado y de Gobierno europeos, reunidos en Bélgica, adoptaban una resolución enérgica sobre la situación en Palestina. Parece como si el señor PESC, Javier Solana, no acabase de encontrar su sitio en el organigrama de Europa y la descoordinación de la política exterior sigue siendo ostensible. Por otro lado, el resultado de la votación muestra también cierto deterioro de la sintonía existente entre Washington y Londres -evidente ésta en lo que se refiere al conflicto afgano- y habrá que observar las consecuencias del hecho.

También en EE.UU. el veto tendrá repercusiones. Los republicanos son conscientes de que Bush, que ganó la presidencia por muy pocos votos, sabe que podría perder, en la próxima elección, los votos de la comunidad judía, que no fueron muy abundantes en 2000, si toma decisiones que perjudiquen a Israel. Y como ha declarado al respecto un asesor del primer ministro británico, "en último término, los políticos sólo se preocupan de una cosa: ganar las próximas elecciones".

Quien con el veto ha quedado en peor posición ha sido el secretario de Estado, Colin Powell, que recientemente reiteró la necesidad de aceptar la creación del Estado palestino y de reanudar el diálogo entre ambas partes.

Todo indica que la Casa Blanca ha cortocircuitado a su secretario de Estado al ordenar el veto al embajador de EE.UU. en la ONU, John Negroponte, persona de controvertidos antecedentes. Anunciado su nombramiento en marzo de 2001, su pasado ejercicio como embajador en Honduras, desde donde apoyó y fomentó el terrorismo de la contra nicaragüense, hizo que la mayoría demócrata del Senado mantuviese congelada su designación. Pero tras los atentados del 11-S la capacidad crítica de la clase política norteamericana quedó bajo mínimos y tres días después fue oficialmente designado para el cargo sin oposición alguna.

Víctimas de estos tejemanejes de la alta política internacional, los palestinos seguirán siendo un pueblo sistemáticamente exterminado y cuyo territorio está ocupado por una potencia extranjera, al paso que el pueblo judío continuará experimentando la violencia que dificulta su legítimo anhelo a un desarrollo en paz y seguridad y sufriendo los efectos del fanatismo de los que apenas tienen nada que perder.

Alberto Piris es General de Artillería en la Reserva y analista del Centro de Investigación para la Paz