Rebelión - 25 de diciembre del 2001
Sólo el jefe del sindicato no sabía nada de los desaparecidos argentinos
Los burócratas del mundo del trabajo
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Gaby Weber El trigésimo congreso de la Federación Internacional de los Trabajadadores Metalúrgicos (FITM, o IFM, por su sigla en inglés) tenía el lema de "solidaridad internacional". Se realizó en noviembre en Sydney. La FITM representa a veintitrés millones de trabajadores metalúrgicos de ciento noventa y tres países. En el programa figuraban temas como "globalización del capital" y "producción sostenible" -temas políticamente correctos- y nadie esperaba preguntas críticas. Críticas hubo, pero larvadas o semiocultas. La FITM es un club de los ricos, dijeron los latinoamericanos. El hecho es que de ochocientos delegados, ciento veinte provenían de Australia, país anfitrión, y en esas condiciones parecía entendible. Pero, ¿por qué Alemania pudo mandar cincuenta y dos delegados y Brasil sólo dos? ¿Tiene que ver, preguntaron los brasileños, con que a la clase obrera alemana le gusta viajar al hemisferio sur porque llueve en noviembre en Europa? Los latinoamericanos necesitan la ayuda financiera de la FITM para viajar. ¿Era necesario alojar a los dos delegados brasileños en un cuarto doble, para ahorrar dinero? Se trataba de hombre y mujer, pero no pareja. No se sabe si en la FITM no hubo buena voluntad o si en el imaginario de la dirigencia internacional se confunde a Brasil sólo con indios, Carnaval, samba y esa apariencia desprejuiciada que los brasileños venden de sí mismos. De África provenían invitados unos pocos delegados. Y a cinco de ellos el gobierno australiano les negó la visa; fueron los de Ghana, Camerún, Costa de Marfil, Túnez y Argelia. El argumento oficial se escudó en errores formales en la solicitud; la FITM protestó sin énfasis. Pudo haber pelea en la elección del nuevo comité ejecutivo. En esta federación tiene su "trono" desde los años setenta el argentino José Rodríguez, dirigente del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), que desde aquella época sigue en el cargo de su organización hasta hoy. Rodríguez está bajo sospecha de haber colaborado con los militares durante la dictadura en perjuicio de la oposición interna del sindicato. En la IGM, el poderoso sindicato alemán, se sabe eso muy bien, pero Rodríguez parece ser un protegido de Klaus Zwickel, presidente de la IGM y de la FITM. El 16 de agosto de 2001 Rodríguez tuvo que prestar declaración en el llamado "juicio de la verdad" en La Plata en la causa por la desaparición del obrero Esteban Reimer, de Mercedes Benz Argentina. Durante la dictadura en todas las fábricas se practicó la detención sistemática de sindicalistas, los torturaron y los mantuvieron durante años en campos de detención ilegales. Pero casi todos los sindicalistas de SMATA sobrevivieron, los de Mercedes Benz murieron. En el juicio, donde Rodríguez se presentó con cuatro guardaespaldas, declaró que se había enterado "de los desaparecidos de Mercedes Benz con la CONADEP; para mí solamente estaban detenidos". Y admitió que se ocupó por los detenidos de SMATA, por ejemplo los de la empresa Ford. Fue preguntado si también se ocupó por los -a su juicio- "detenidos" de la Mercedes. Contestó que no, sin poder explicar por qué. El "grupo de los extrabajadores de Mercedes" expresó que "la declaración de José Rodríguez avergonzó a la sociedad argentina. En la empresa fue asesinada prácticamente toda la comisión interna". Lo firmaba el "Grupo de los Nueve", opuesto a la línea oficial de SMATA y a la política de la patronal. En Alemania, desde hace dos años, la Fiscalía de Nuremberg investiga a la empresa Mercedes Benz, hoy Daimler-Chrysler, por su probable colaboración en estos asesinatos. (Número de causa: 407 Js 41063/98). "Nosotros -y pensamos que la sociedad argentina entera- no entendemos cómo una asociación como la FITM, que defiende los intereses de los obreros, puede tolerar que una persona como José Rodríguez sea miembro de su dirección y reclamamos a los participantes del Congreso Mundial en Sidney que echen a Rodríguez de su organización", expresaron antes del congreso. El presidente de la FITM, el alemán Klaus Zwickel, se interesó por los hechos recién cuando la revista de su sindicato quiso publicar un artículo sobre Rodríguez en octubre (que al final nunca fue publicado). Zwickel pidió una copia de la nota de los "extrabajadores de la Mercedes", aunque rechazó la oferta de recibir el texto original de la declaración de Rodríguez en La Plata. "Pero en Sydney vamos a tratar el caso", escribió entonces. En Sydney no pasó nada. Todos los delegados estaban informados porque habían recibido la nota de los "extrabajadores" y la declaración de Rodríguez por correo electrónico pocos días antes. Cuando se discutió sobre los tres candidatos latinoamericanos en el comité ejecutivo de la FITM, sólo el delegado de Ecuador preguntó si una organización que quiere proteger los derechos de los obreros globalmente puede darse el lujo de tener un vicepresidente que nunca escuchó nada sobre los miles de obreros desaparecidos durante la dictadura. Pero rápidamente se cambió de tema, las cosas ya estaban arregladas, se votó a Rodríguez; también lo hizo el delegado de la CUT de Brasil. Sólo el delegado uruguayo se abstuvo. No votó en contra. El sindicato uruguayo recibe anualmente seis mil dólares para la formación de sus miembros. Es mucho dinero. Después se discutió en armonía el plan de acción. En el punto 1.3 se habló de los Derechos Humanos, según lo publicado en su homepage: "Cada vez se reconoce más que el desarrollo económico sostenible está inextricablemente vinculado al respeto de los Derechos Humanos y de los trabajadores. Problemas como el trabajo infantil o la discriminación contra la mujer no se resolverán solamente mediante campañas; tienen que formar parte de una política mundial para resolver los problemas de la pobreza y el subdesarrollo". Nadie dijo que no se debe torturar y asesinar a sindicalistas que molestan. Los delegados no querían que se les estropeara la parte social del encuentro con estos temas desagradables. |