La Jornada - Sábado 22 de diciembre de 2001

Se contabilizan 27 decesos por balas de plomo; eran de goma, versión policial

Niños y jóvenes argentinos,
la mayoría de los muertos en la represión a los saqueos

Barricadas en villas miseria ante rumores de asaltos a casas de la periferia bonaerense

Los pequeños comerciantes, víctimas fáciles de los grupos integrados por desesperados

STELLA CALLONI. CORRESPONSAL.

Buenos Aires, 21 de diciembre. Eloísa Paniagua tenía once años y vivía en Paraná, Entre Ríos, una de las provincias convertidas, por primera vez, en epicentro de los ataques a mercados para buscar comida. Como cientos de niños que participaron en los saqueos.

Había logrado llevarse algo de un supermercado de la ciudad y corría desesperada, pero una bala disparada a su cabeza le cortó el camino y la vida. Todo por una bolsa mezquina de comida, que apretaba en sus manos para ella y su familia, que significaba comer después de días a mate y agua.

En una casa cercana al supermercado, otra niña de catorce años, Romina Ijurian, que descansaba simplemente, fue alcanzada por una bala perdida. Entre Ríos siempre fue considerada una de las provincias más ricas de la Mesopotamia. ¿Cómo se llegó a esto?

En Villa Allende, Córdoba, un chico de catorce años ni siquiera logró llegar a su objetivo: las góndolas cargadas de comida de un supermercado del lugar. Esta vez el disparo fue en el pecho. Allí mismo cayó y es hasta ahora un NN (muerto desconocido).

En cambio Damián Ramírez, también de catorce años, sí fue identificado entre varios cadáveres en la provincia de Buenos Aires, al igual que Hernán Flores, de quince, y Vicente Ramírez, de catorce, que junto con otros desesperados saqueaban una carnicería cuando fue abatido con un balazo en el rostro.

Muchos pasaron sobre su cuerpo menudo. De los veintisiete muertos -la cifra dramática de este día, después que dos heridos graves durante los disturbios de Plaza de Mayo fallecieron en hospitales donde estaban internados-, la mayoría son niños y jóvenes de entre once y treinta años de edad.

Todos los que murieron en esta capital presentaban heridas de bala de plomo, dijeron los médicos, y no de goma, como sostiene la policía. Incluso hubo muertos por balas perdidas, y disparos de policías, de civiles y de los dueños de los negocios.

Las balas cruzaron el país una vez más. Pero morir por robar comida en un acto desesperado afrenta a un sistema de un país donde a veces se tiran toneladas de alimentos cuando no se pueden transportar. Son crónicas de muchas muertes anunciadas.

El derecho a comer

Desde La Jornada seguimos año con año la situación social aquí, en Bolivia o en Brasil. El fenómeno de los desocupados organizados en distintos lugares del país, que se autollamaron piqueteros por aquello de los piquetes de huelga, fue mostrado como una nueva y creativa forma de lucha en sus cortes de calles y de rutas.

Los saqueos de estos días no han sido protagonizados por piqueteros, uno de cuyos líderes, Emilio Alí, fue detenido y condenado a cinco años de prisión, no por violencia sino por encabezar una negociación para pedir comida en un supermercado.

La negociación terminó bien, con la entrega de paquetes de comida y en paz. Pero después un juez instruido por los hombres de "mano dura" en la provincia de Buenos Aires llevó a Alí a prisión acusado de "extorsión" (pedir comida) y "chantaje", por liderar a un grupo de personas muy pobres y por supuesto "mal vestidas".

En esta ola de saqueos no hubo piqueteros, sólo en algún lugar de esta capital. Por eso la simultaneidad con que salieron especialmente en la provincia de Buenos Aires y en el conurbano hizo crecer la sospecha de que una mano negra estaba detrás de algunos hechos, montándose sobre la tragedia de la hambruna y la desesperación.

Como en 1989, cuando se organizaron contra el ex presidente Raúl Alfonsín, lo que apresuró su salida del gobierno, ahora sucedió algo similar, en este caso con una innegable responsabilidad gubernamental por la ausencia y el aislamiento presidencial.

Otra vez se vio beneficiado el Partido Justicialista, donde las luchas internas se entrecruzan debajo de las mesas en una competencia sin piedad para volver al poder en el 2003 mediante elecciones.

Los saqueos continuaban hoy, pero anoche se había instalado una nueva modalidad en una guerra de pobres contra pobres. En algunas villas miseria (ciudades perdidas) que rodean la ciudad y surgen como hongos, los vecinos levantaban barricadas, como si viniera un huracán, para defenderse de una posible invasión de otros "villeros vecinos".

Muchos miran azorados esta realidad que no por desconocida sorprende aún dolorosamente. Hay historias infinitas como la de los pequeños comerciantes, víctimas fáciles de los grupos que actuaban llevando como coraza a los desesperados. El rostro de un hombre de origen chino descompuesto por un llanto imparable ante las cámaras, quien daba cuenta de la otra tragedia.

En una carnicería de un barrio muy humilde un joven que había perdido su trabajo a principio de este año puso un comercio, tan pobre como su entorno. No quedó nada luego del vendaval y entonces intentó suicidarse, y los empleados de los negocios saqueados perdieron sus trabajos en una rueda cruel que devora a todos.

Anoche se hicieron correr rumores de que iban a asaltar casas en el conurbano y las familias humildes no durmieron, o bien armaron barricadas para defenderse de esos fantasmas que eran sus iguales.

¿Quién siembra el miedo para recoger tragedias? Esta es la otra cara de este drama que no se cuenta, el rostro oculto de un país partido. "En China somos miles y miles pero nunca vi robos", decía el comerciante chino cuyo llanto desesperado también quedó grabado como otra forma de muerte.