El País - Lunes, 4 de marzo de 2002

Sharon responde con un ataque masivo
a la muerte de 21 israelíes

Las ciudades autónomas quedan aisladas del exterior y los soldados se repliegan a Jerusalén

FERRAN SALES. Jerusalén.

Jornada sangrienta para Israel, que en menos de doce horas sufrió veintiuna bajas mortales, entre ellas cinco niños y ocho soldados.

El primer ministro, Ariel Sharon, convocó urgentemente a su Gabinete de Seguridad, al tiempo que sus portavoces anunciaban 'duras represalias' contra el Gobierno de Yasir Arafat.

Los palestinos de Gaza y Cisjordania esperaban atemorizados anoche nuevos bombardeos de los aviones F-16 y de los carros de combate Merkava.

La opción bélica parece a punto de desbancar definitivamente a las alternativas políticas y a los planes de paz.

Apenas se había apagado el eco del atentado suicida en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, en Jerusalén, donde el sábado por la noche murieron diez miembros de la comunidad religiosa de los haredim, entre ellos cinco niños, cuando un guerrillero palestino, empuñando un fusil, disparaba a primera hora de la mañana de ayer contra un control israelí en una carretera al norte de Ramala. Siete soldados y tres civiles que circulaban por el lugar perdieron la vida.

El tiroteo contra el puesto militar, cercano al asentamiento de Ofra, ha hecho estremecer a la sociedad israelí, especialmente a su columna vertebral, el Ejército, que dos semanas atrás sufrió un revés similar cuando un comando palestino atacó un puesto de control en una carretera cercana, a Ein Arik, provocando la muerte de seis soldados, la mayoría de ellos de leva, recién llegados al puesto.

Esta vez el ataque fue mucho más ultrajante: la mayoría de los militares eran reservistas y entre las víctimas se encontraban un capitán y tres sargentos.

Para mayor vejación de las fuerzas israelíes, la matanza fue obra de un guerrillero solitario, que desde la colina cercana disparó veinticinco tiros, con un arma no automática, dotada, eso sí, de visor. El tirador emprendió la huida en cuanto el fusil se le atascó.

La acción fue asumida, en un comunicado eufórico, por las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, las mismas que la noche anterior habían enviado un suicida a las puertas de la sinagoga de Mea Shearim. El texto acababa asegurando que su hombre está 'sano y salvo'.

El doble ataque palestino, al que se sumó horas más tarde la muerte de un soldado en Gaza, era la respuesta de las milicias radicales a las operaciones de limpieza que el Ejército israelí efectuó durante setenta y dos horas en los campos de refugiados de Jenín y Nablus.

Esas acciones israelíes se saldaron con la muerte de treinta personas, más de doscientos heridos y la destrucción de decenas de casas.

Sin embargo, responsables del Ejército aseguraban ayer, miopes, que la operación en los campamentos de refugiados no tenía nada que ver con los ataques palestinos, olvidando que desde hace diecisiete meses la Intifada no es más que una suma continuada de represalias y venganzas.

'Fuerza, más fuerza', gritaban ayer los halcones del Gobierno de Sharon, reclamando más dureza del Ejército contra los palestinos. El más vociferante fue el ministro sin cartera Dani Naveh, barón del Likud, que reclamó sin paliativos 'acabar con el régimen de Arafat', alineándose así con el portavoz oficial del primer ministro, que anunciaba lacónicamente: 'Vamos a golpearlos por todas partes'.

De nada sirvieron las quejas de los sectores pacifistas y de los ministros laboristas, como el ministro de Transporte, Efraim Sneh, que anunció una vez más que este conflicto 'sólo se puede solucionar en la mesa de negociaciones'.

Sharon convocó anoche al Gabinete de Seguridad, donde coinciden los principales ministros con el mando militar israelí, para abrir un debate sobre qué camino emprender. Pero mucho antes de que el Gabinete llegara a una conclusión había empezado ya a perfilarse la respuesta. Los aviones cazabombarderos F-16 dispararon misiles sobre Ramala y Belén, mientras los tanques y los soldados se concentraban en los accesos a la franja de Gaza.

Los blindados irrumpían también de nuevo en los campamentos de Nablus y Jenín, de donde se habían replegado el día anterior. El paso fronterizo entre Gaza y Egipto ha quedado sellado. Las ciudades autónomas palestinas están más cerradas que nunca y los controles del Ejército israelí se han replegado al interior de Jerusalén. Los ciudadanos árabes, incluso los que tienen documentación israelí, son detenidos en la calle mientras se verifica su identidad. Se diría que la Ciudad Santa ciudad está fortificada.

La comunidad internacional, incluido el Papa, ha reclamado insistentemente en las últimas horas el fin de la violencia. 'La violencia, la muerte y las represalias no pueden más que empujar aún más a las poblaciones civiles israelíes y palestinas hacia la desesperación y el odio', ha exclamado Juan Pablo II desde la plaza de San Pedro, tras reclamar por enésima vez un alto el fuego.


Iniciativa bélica

A caballo entre el acto terrorista y la guerrilla clásica, las milicias palestinas parecen haber tomado la iniciativa bélica en la guerra contra Israel. En poco menos de tres semanas, sus guerrilleros han infligido duros reveses al Ejército israelí. La ofensiva palestina, que se inició el pasado 14 de enero con el fin de una tregua unilateral aprobada a la fuerza por las presiones a Yasir Arafat, ha logrado establecer sobre el terreno una dinámica que le es aparentemente favorable, pero que difícilmente la conducirá a la victoria, dada la superioridad absoluta de Israel.

En esta batalla, las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, de tendencia laica y vinculadas al partido Al Fatah, se han convertido en los principales protagonistas. Detrás de ellos, formando una masa compacta, se encuentran los ejércitos secretos de los movimientos religiosos Yihad Islámica y Hamás.

Los hombres de Al Aqsa, tras asumir la destrucción de un tanque Merkava, en Gaza hace dos semanas, y la muerte de siete soldados en un puesto de control al norte de Ramala, se responsabilizaban ayer de la muerte de siete soldados más en otro control de carretera muy cercano al anterior.

Al Aqsa está también detrás de acciones contra la población civil, la más salvaje de las cuales fue el asesinato el sábado de diez israelíes a la salida de una sinagoga.

El Mundo - Lunes, 4 de marzo de 2002

Situación límite para Sharon
tras la muerte de 21 israelíes en 24 horas

Siete soldados y tres colonos fueron abatidos ayer por un francotirador

MIGUEL MURADO. Especial para EL MUNDO.

JERUSALÉN.- Ayer, muchos israelíes que se habían acostado con ira despertaron en medio del estupor: tras los diez muertos israelíes del sábado, las primeras horas de la mañana traían la noticia de que otros diez más habían caído víctimas de una emboscada en los territorios ocupados. Escasos minutos después, otro soldado israelí perdía la vida en un ataque palestino en Gaza.

En una reacción de represalia que se ha convertido ya en automática, el Ejército y la aviación israelíes bombardearon objetivos en Cisjordania y Gaza. El único resultado: seis muertos más.

Es la trágica culminación de una escalada que comenzó el jueves con una operación israelí contra dos de los mayores campos de refugiados de Cisjordania. Esa operación, en teoría, debía proporcionar mayor seguridad a los ciudadanos de Israel, pero, evidentemente, no ha sido así.

La emboscada de Cisjordania fue llevada a cabo por un francotirador que actuó en solitario. Apostado entre los árboles de una colina que domina la carretera privada del asentamiento de Ofra, el hombre abrió fuego sobre el puesto de control con una precisión mortífera: con tan sólo veinticinco balas logró matar a diez personas, siete de ellas soldados, y herir a otras seis.

La acción ha sido reivindicada por las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, también responsables del atentado del sábado en Jerusalén.

Hay algo nuevo y muy inquietante para los israelíes en la técnica empleada. La frialdad del tirador, que no abandonó su posición hasta haber abatido a todas sus víctimas, y la exactitud de sus disparos, hacen pensar en un especialista. En acciones similares, los activistas palestinos habían empleado hasta ahora armas automáticas con las que ametrallaban los retenes militares, resultando muertos ellos mismos casi invariablemente. El tirador de ayer usó en cambio un arma semi-automática, presumiblemente un fusil con mira telescópica, y de la II Guerra Mundial.

Es un duro golpe para la moral del Ejército israelí, que en las últimas semanas ha visto cómo la práctica de diecisiete meses ha ido convirtiendo a los irregulares palestinos en una guerrilla cada vez más eficaz.

La muerte de otros seis soldados en otro hecho similar hace dos semanas ya había hecho levantarse en Israel las primeras voces que piden el fin de la ocupación de los territorios palestinos o al menos la evacuación de los asentamientos más indefendibles. Lo sucedido ayer, posiblemente, incrementará ese clamor, aunque también endurecerá aún más las posturas de los recalcitrantes.

No fue el final de la pesadilla israelí. Casi a la misma hora de la emboscada de Ofra, otro comando palestino atacaba con bombas de mano y fusiles de asalto un convoy de colonos en el cruce de Kissufim, en la Franja de Gaza. Un soldado resultó muerto.

Reivindicación

Significativamente, esta emboscada ha sido reivindicada por las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, próxima a la secular Al Fatah y a la Yihad Islámica. Un signo más de la unidad de acción que caracteriza últimamente a la revuelta palestina.

En total, y en menos de veinticuatro horas, son ya veintiuno los israelíes muertos en cuatro ataques, incluyendo los nueve civiles que perecieron en el atentado suicida del sábado en Jerusalén y el policía, residente de un asentamiento, cuyo cuerpo apareció el sábado cerca de Belén con un disparo en la cabeza.

Para los palestinos, las emboscadas y los ataques son la respuesta, repetidamente anunciada, al asalto del Ejército israelí el jueves contra los campos de refugiados de Yenín y Balata (Nablus), y que dejó treinta palestinos muertos.

El Gobierno israelí había calificado aquella operación de "éxito completo". Ese es el triunfalismo que los guerrilleros palestinos han pretendido borrar, y sin duda lo han conseguido.

El primer ministro israelí, Ariel Sharon, que ya había ordenado el bombardeo de un cuartel general de la policía palestina en Belén como represalia por los sucesos del sábado pasado, se vio obligado a reunir a su Gobierno una vez más para decidir nuevas acciones.

En una tensa reunión, la derecha del Gabinete volvió a pedir la destrucción de la Autoridad Palestina. Dani Naveh, del Partido Likud, llamó "a poner fin al régimen de Yasir Arafat", mientras que el laborista Ephraim Sneh volvía a insistir en que "no hay una solución militar al conflicto". Al final, sólo pudieron ponerse de acuerdo en una cosa: en los acostumbrados bombardeos de represalia, cuya ineficacia ha sido sobradamente probada, pero que, sin embargo, parecen ser lo único que une ya a este Gobierno de unidad nacional.

Así, a lo largo de la tarde y de la noche, aviones F 16, helicópteros Apache y carros de combate Merkava dispararon sus proyectiles y misiles contra edificios de la seguridad palestina en el centro y las afueras de Ramala, en el campo de refugiados de Rafá y en Salfit. En la primera localidad causaron la muerte de dos policías palestinos y en la segunda, la de un hombre de veinticuatro años. A estos hay que sumar otros tres que perdieron la vida en una incursión de las tropas israelíes en la ciudad de Qalquilia.

A primeras horas de la noche, el Gobierno israelí volvía a reunirse en lo que ya es una permanente sesión de emergencia. Se hablaba de nuevas y más duras medidas militares, si es que las medidas militares pueden tener ya algo de nuevo o pueden ser más duras tras año y medio de violencia.

Ariel Sharon, cuya popularidad ha caído en picado en los últimos días, no ha tardado en escuchar las críticas. Durante la reunión del Gobierno, colonos y militantes derechistas gritaban frente a su residencia pidiendo, llanamente, la guerra total contra los palestinos.

A la misma hora, activistas del movimiento Paz Ahora reclamaban lo contrario: la retirada de los territorios ocupados.

Ni los unos ni los otros, sin embargo, parecen tener la fuerza suficiente para modificar la dirección de su Gobierno.