El País - Viernes, 3 de mayo de 2002

Fernando Castelló

¿El poder y la gloria o el ruido y la furia?

Fernando Castelló, presidente de la organización internacional Reporteros sin Fronteras y directivo de la Red Damocles.

La profesión de informar tiene su grandeza y su miseria. Puede ser un rutilante camino de ascenso al poder y la gloria social, pero también un atajo de descenso al dantesco mundo de las sombras, donde imperan el ruido de los fusiles y la furia de los asesinos, torturadores y carceleros de periodistas.

Han sido asesinados quinientos trece periodistas en los últimos diez años. Y en el noventa y cinco por ciento de los casos, con total impunidad para los ejecutores o inductores, a los que no se ha encontrado ni, a menudo, buscado. Porque, en demasiadas ocasiones, en la cúspide del paraguas protector se encuentran el propio Estado o altos dignatarios protegidos por la inmunidad política que garantiza su impunidad.

Ésa es la otra cara, la cruz más bien, de una moneda, la del periodismo, que en nuestros países occidentales y democráticos es una profesión que puede conducir al poder y la gloria, no sólo de informar, sino de hacer o deshacer Gobiernos, leyes y sentencias, suplantando a veces a los tres poderes clásicos de la democracia. (También la moneda puede caer de canto: canto al Gobierno de turno o a intereses concretos).

Allende nuestras fronteras democráticas occidentales están esos quinientos trece periodistas que perdieron la vida en el intento de ganársela dignamente: doscientos cuarenta y tres por informar sobre la barbarie de dirimir las diferencias por medio de conflictos armados, y doscientos setenta por denunciar la corrupción y el abuso de poder en países con conflictos todavía no armados.

En uno y otros casos, el periodista, el mensajero o taquígrafo agorero de las malas o no gratas nuevas fue y es tomado como objetivo de guerra en las mil absurdas guerras calientes en que estalló la fallidamente apocalíptica guerra fría; o como testigo de cargo al que había y hay que amordazar, ensordecer o cegar para que los pueblos a los que intenta informar, al no ver ni oír y verse condenados por lo tanto a callar, no puedan ser libres.

Reporteros sin Fronteras (RSF) quiere rendir homenaje a esos periodistas -en el ochenta y seis por ciento de los casos informadores locales que calladamente, por fuerza y día a día, por necesidad profesional y ética, caen en el mundo al intentar aplicar en condiciones altamente peligrosas los principios básicos de la profesión periodística: transmitir la verdad, que hace libres a los pueblos, y el derecho de todos a la vida, aun a riesgo de la libertad y la vida propias.

Centenares de periodistas han perdido la vida estos últimos diez años, intentando informar en medio del ruido y la furia en Argelia (sesenta), Ruanda (cincuenta y dos), los Balcanes (cuarenta y nueve), Colombia (cuarenta y tres), Sierra Leona (catorce), Chechenia (trece), Afganistán (diez)... Y, ¿por qué no decirlo?, en España, en su País Vasco, donde dos trabajadores de la información han sido asesinados, por ETA en los últimos dos años.

Esos quinientos trece periodistas muertos, víctimas en algún caso del azar, pero, en la gran mayoría, de la necesidad de acallar al observador o testigo de cargo molesto, lo eran de agencias de prensa o periódicos (trescientos cuarenta, de ellos treinta y uno gráficos), de televisión (ochenta y ocho), de radio (ochenta y cinco).

Y no representan sino el vértice punzante de la pirámide represiva de la libertad de prensa, cuya base se sustenta, en dos tercios del mundo, sobre sillares de presiones, trabas, censura, amenazas, agresiones, detenciones, secuestros, torturas, desapariciones, cárcel (por la que en estos diez años últimos han pasado miles de periodistas y en la que siguen hoy ciento veinte), y, si es preciso, asesinatos disuasorios.

La situación de la libertad de prensa se degradó gravemente en 2001, año en el que si sólo treinta y un periodistas fueron asesinados (uno menos que en 2000), cuatrocientos noventa y ocho fueron detenidos (cincuenta por ciento más que en 2000), setecientos dieciséis agredidos o amenazados (cuarenta por ciento más que en 2000) y ciento diez (cincuenta por ciento más que los setenta y cuatro de 2000) terminaron el año en prisión, mientras trescientos setenta y ocho medios sufrieron censuras oficiales (veintiocho por ciento más que en 2000).

Se trata de una doble espiral ascendente represiva, oficial y paralela, como de reparto del trabajo sucio, trazada a menudo por los aparatos del Estado o privatizada, y ejecutada por bandas paramilitares, policías paralelas, matones a sueldo de políticos o empresarios corruptos, mafias, narcotraficantes, bandas terroristas, guerrillas y ejércitos.

El periodista, el mensajero, se ha convertido en objetivo de guerra, testigo de cargo desprotegido, pim-pam-pum de todos los contendientes en la lucha generalizada por el poder político, económico, mafioso, nacionalista, racial, étnico, religioso...

RsF ha aceptado como encomienda defender a los periodistas y medios de comunicación, porque con ello estima proteger el derecho de los pueblos a ser informados para ser libres. Porque sin libertad de prensa no hay libertad a secas, y, sin libertad, no hay desarrollo humano posible ni sostenible. Para ello, ha creado la Red Damocles.

Si hasta ahora RsF, en una actitud meramente defensiva de la libertad de prensa, se limitaba a denunciar los hechos atentatorios contra esa libertad de libertades, sin la cual no pueden existir ni subsistir las demás, ante la opinión pública, los organismos internacionales y los Gobiernos democráticos, hoy ha pasado a la contraofensiva.

La Red Damocles, que cuenta con el apoyo de la UE, pretende, tras lanzar la red mundial de Reporteros sin Fronteras, que abarca más de cien países, hacer caer sobre los asesinos y depredadores de periodistas la espada de la justicia, por muy altamente situados, incluso en la cúspide del Estado, que estén.

Y lo están (en Bielorrusia, en Haití, Burkina Faso, Birmania, Libia, Kalmukia, Uzbekistán, Congo, Ucrania...) algunos de los treinta y ocho depredadores de la libertad de prensa en el mundo censados por RsF y que podrían ser responsables últimos, o primeros, de asesinatos, torturas y desapariciones oportunas de los periodistas inoportunos.

Presidida honoríficamente por el juez español Baltasar Garzón, la Red Damocles se propone llevar ante la justicia, nacional o internacional, a asesinos, secuestradores y torturadores de periodistas, es decir, a todos aquellos que cometen los más abominables crímenes contra los informadores.

Para ello aplicaremos el principio de competencia universal de la justicia y el derecho de injerencia humanitaria allí donde se atenta contra Derechos Humanos internacionalmente protegidos o nacionalmente suscritos, uno de los principales, condición sine qua non de los demás, es el de la libertad de expresión y de prensa.

Contamos con la colaboración de jueces y juristas, que son los nudos gordianos de nuestra Red para atrapar jurídicamente e intentar llevar a la cárcel a los autores o inductores de atentados graves contra la prensa; atentados que, en opinión fundamentada del juez Garzón, deberían ser juzgados por la flamante Corte Penal Internacional como crímenes de lesa humanidad, por afectar a un derecho humano primordial como es el de la libre expresión de los demás.

Informar puede no sólo dar poder y gloria: también puede llevar a la cárcel o la fosa. Ser periodista es también ser como el loco macbethiano y atreverse a desvelar y denunciar la no tan absurda fábula llena de ruido y de furia que padecen dos tercios de los habitantes del mundo, dando así sentido a sus vidas. Y a la suya propia.