El Mundo - Lunes, 29 de julio de 2002
Los eternos problemas legales de Vanunu
Israel impide al hombre que desveló la existencia de su arsenal nuclear
que se entreviste con un abogado británico
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MIGUEL MURADO. Especial para EL MUNDO. JERUSALÉN.- Casi veinte años después, Mordejai Vanunu sigue generando titulares, aunque uno de ellos le costase su libertad. Desde su prisión, el hombre que desveló los secretos del arsenal nuclear de su país intentaba presentar en Gran Bretaña una querella contra Israel. El Tribunal Supremo israelí acaba de negarle el derecho a que le visite un abogado británico. En 1986, Vanunu fue secuestrado por los servicios secretos israelíes después de dar a un diario británico las primeras pruebas de que su país poseía un arsenal nuclear. Vanunu pretende ahora que los tribunales del Reino Unido le amparen. Mordejai Vanunu, un israelí nacido en Marruecos, trabajó durante diez años como técnico en la central nuclear de Dimona. Es en esas instalaciones secretas, situadas en el desierto del Néguev, donde Israel fabrica sus armas nucleares, algo que supuestamente ignoraba el resto del mundo entonces. Pero, durante la universidad, Vanunu se convirtió en un ardiente pacifista (eran los años de la invasión israelí del Líbano) y cuando, en 1986, volvió a aceptar un trabajo en Dimona, introdujo clandestinamente una cámara y tomó fotografías de la sala de control y de las instalaciones subterráneas donde se ensamblaban las cabezas nucleares. Luego dejó su puesto y emprendió un largo viaje por Asia que lo llevó hasta Australia. Allí Vanunu se convirtió al cristianismo (una decisión que le dejaba al margen de la sociedad israelí), y se puso en contacto con el británico Sunday Times. Fotografías Con sus fotografías y testimonios, Vanunu viajó a Londres. Ya entonces, los servicios secretos israelíes le seguían la pista, pero él no parecía consciente del peligro. Peter Honham, el periodista que le entrevistó para el Sunday Times, no podía creerse su ingenuidad: sereno y sonriente. "No se daba cuenta de las consecuencias". Vanunu le entregó a Honham las fotografías de Dimona e incluso dibujó para él un mapa de las instalaciones secretas: seis pisos subterráneos donde, según su estimación (que resultó demasiado prudente), se almacenaban entre cien y doscientas cabezas nucleares. El Sunday Times tituló la historia Desvelado el arsenal nuclear de Israel y le reservó tres páginas. Pero Vanunu no pudo ni siquiera comprar un ejemplar. Ya se encontraba en manos de la Inteligencia israelí. Una estudiante llamada Cindy le había invitado a pasar un fin de semana romántico en Italia. Pero no se llamaba Cindy ni era estudiante. Se llamaba Sherryl Bentov y era una agente del Mossad. Mientras Vanunu dormía, Cindy le inyectó una dosis de barbitúricos. Cuando despertó estaba encerrado en un barco con bandera griega, rumbo al puerto israelí de Haifa. La decisión de secuestrarle la tomó el entonces primer ministro (hoy Nobel de la Paz y ministro de Exteriores) Simón Peres. Había bastante hipocresía. Peres reconocía en privado que Vanunu había hecho un favor al país: sus enemigos ahora tenían miedo y, al mismo tiempo, Israel podía seguir actuando como si no tuviese armas nucleares ante el mundo. Era la doctrina de la ambigüedad nuclear. Pero ¿realmente se ignoraba que Israel contase con un arsenal atómico? Evidentemente, no. Ya en los años sesenta existían documentos secretos de EE.UU. que lo indicaban. Israel compraba uranio en Sudáfrica y gastaba cantidades ingentes en un programa de misiles que sólo podía servir para alojar ojivas nucleares. La descripción oficial de la central de Dimona como "una fábrica textil" sonaba a broma. El secreto tenía como finalidad saltarse las leyes estadounidenses, que prohíben dar ayuda militar a países que fabriquen armas nucleares (Israel recibe más de dos mil millones de euros al año). Más que a un secreto, a lo que Vanunu puso fin fue a una farsa. Lo pagó muy caro: en 1988 un juicio secreto le condenó a dieciocho años de cárcel por traición, pena que cumple en la insalubre prisión de alta seguridad de Ashkelón, en una celda de cemento. |