Rebelión - 8 de noviembre del 2002
Palestina: Proscritos
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Gideon Levy - Ha'aretz Traducido para Rebelión por L.B. Los soldados obligaron a descender de la ambulancia a Bassam Jarar, enfermo renal con ambas piernas amputadas y a Mohammed Asasa, ciego de ambos ojos. Ambos hombres regresaban de recibir tratamiento de diálisis. Los soldados israelíes les detuvieron durante diez horas. Declaraciones del portavoz del ejército israelí: "Debido a problemas técnicos fue imposible comprobar si se trataba de dos proscritos". A las once de la mañana del pasado lunes, a la salida de Jenin, soldados del ejército israelí detuvieron a dos pacientes de diálisis, uno de ellos con ambas piernas amputadas y el otro ciego de ambos ojos. Colocaron al hombre sin piernas sobre la carretera y obligaron al ciego a que se sentara a su lado. Ambos hombres estaban exhaustos después de recibir su tratamiento de diálisis. El hombre sin piernas sangraba por el tubo de diálisis que llevaba inserto en su cuerpo. Los soldados expulsaron a las esposas de ambos hombres y dejaron a éstos en la carretera por espacio de una hora. Después los trasladaron a un centro de detención y más tarde a otro. Durante 10 horas el ejército israelí no soltó a estos dos hombres que padecían una grave enfermedad y los transportó de un lado a otro dando tumbos en un jeep bajo la sospecha de que podían ser personas sobre las que pesaba orden de búsqueda. Al anochecer fueron finalmente liberados y enviados a sus casas sin que durante todo el tiempo que permanecieron retenidos nadie les interrogara ni una sola vez. Los soldados israelíes querían abandonar al ciego en mitad de un páramo y dejar que se las arreglara solo para llegar a su casa. También quisieron atar las manos del hombre sin piernas, pero al final cambiaron de opinión. Cuando miembros de la organización Médicos Por los Derechos Humanos, reputada por su credibilidad, me contaron esta historia, me resultó difícil creérmela. Cuando esta semana me desplacé a la remota aldea de Jeba hasta las casas de los dos inválidos, descubrí horrorizado cuán bajo hemos caído: que soldados del ejército israelí puedan detener a hombres en ese estado durante horas enteras, que sean capaces de abusar de dos jarrones rotos como Bassam Jarar y Mohammed Asasa, que ningún soldado o comandante, ni siquiera el médico militar que cuidó al tullido, se rebelara a lo largo de todo aquel día y exigiera saber qué diablos estaba pasando allí, que podamos infligir este trato a dos inválidos. Y si hubiera alguna duda acerca del carácter monstruoso de esta historia, inmediatamente quedó despejada por la despiadada respuesta del portavoz del ejército israelí, quien manifestó que los dos hombres fueron detenidos "para comprobar si estaban siendo buscados". Ni el más mínimo indicio de arrepentimiento. Toda la cuestión reducida a un problema meramente técnico. Bassam Jarar está sentado en su silla de ruedas en Jeba, localidad situada al borde del espectacular valle de Dotan, donde las carreteras tienen un aspecto desolado e inquietante. Le amputaron las dos piernas a la altura de la cadera hace aproximadamente dos años, en el hospital de Jenin, después de que la gangrena las infectara como consecuencia de su enfermedad renal. Antes de caer enfermo hace 10 años trabajaba como taxista en la carretera Jenin-Nablús, en los tiempos en los que los palestinos podían aún viajar libremente entre ambas ciudades. Antes de eso había trabajado durante años en la fábrica de Coca-Cola en Bnei Brak. Tiene 42 años, es padre de cinco hijos y sonríe constantemente incluso cuando refiere lo que le sucedió aquel terrible día. Antes de despedirme, observé que las palmas de sus manos presentaban severos cortes. Se le había olvidado contarme que los soldados le habían arrojado al suelo y que había caído sobre el asfalto. Me refirió toda su historia con gran calma y tranquilidad, exactamente de la misma forma como lo hizo su amigo ciego. Tiene la palidez grisácea característica de los enfermos renales. Tres veces por semana sale de su casa a las 5:30 de la mañana para emprender el largo y agotador viaje que lo conduce hasta la máquina de diálisis que le mantiene vivo. Ha venido realizando esa rutina durante 10 años. Después de cada tratamiento de cuatro horas acaba completamente exhausto y necesita descansar. Jarar solía ir a Nablús para su tratamiento de diálisis, y últimamente estaba acudiendo al nuevo centro de diálisis de Jenin, que le queda más cerca de casa. Hoy ambas ciudades están cercadas por el ejército israelí y la única forma de llegar a ellas es en ambulancia. Se tarda entre hora y hora y media en cada dirección, consumiéndose la mayor parte del tiempo en las esperas forzosas de los puestos de control. Realiza sus trayectos los sábados, lunes y jueves. Hay veces en que en una sola ambulancia pueden llegar a apilarse hasta 13 pacientes. Cuando el ejército israelí entró en Jenin el pasado mes de abril la carretera quedó completamente bloqueada y Jarar tuvo que permanecer 22 días en el hospital de Nablús. Alrededor de otros 40 pacientes de diálisis permanecieron inmovilizados junto a él. Normalmente sus hermanos lo transportan desde casa hasta la carretera del pueblo, luego lo llevan en coche hasta el borde del cementerio de Qabatiya, donde, cerca del puesto de control israelí controlado por tanques, es transferido a una ambulancia que viene desde Jenin. Mohammed Asasa siempre viaja a su lado. Los dos hombres son del mismo pueblo. Asasa perdió la vista hace unos 13 años a causa de la diabetes. Hace cinco años contrajo una enfermedad renal y ha estado sometiéndose a diálisis durante los últimos 4 años. Tiene 46 años, 10 hijos y un nieto. A pesar de todo lo que le ha tocado padecer, también sonríe. Antes de caer enfermo trabajaba transportando a trabajadores palestinos a Israel, principalmente a Acre. Tanto Asasa como Jarar hablan un hebreo fluido. Sus esposas, Fariyal y Nidal, siempre les acompañan cuando se desplazan para recibir tratamiento de diálisis. El pasado lunes salieron de casa como siempre alrededor de las 5:30 de la mañana, acabaron su tratamiento a las 11 y emprendieron la ruta de regreso a casa para descansar. La ambulancia que les transportaba llegó al puesto de control de la salida sur de Jenin. Los soldados de los tanques pidieron la documentación de todos los pacientes de la ambulancia. Había nueve pacientes de diálisis con sus respectivos acompañantes. Tras esperar cerca de media hora algunos soldados salieron de dos tanques y ordenaron al conductor de la ambulancia que sacara a Jarar y Asasa. El conductor preguntó dónde se suponía que debía dejar a un hombre sin piernas y a un ciego, y los soldados le dijeron que los dejara en la carretera. Asasa pidió a los soldados que permitieran a su mujer y a la esposa de su amigo quedarse con ellos, pero los soldados se negaron e hicieron partir a la ambulancia con las dos mujeres y el resto de los pasajeros. Asasa y Jarar se quedaron solos en la carretera. Pasó cerca de media hora y entonces comenzó a gotear sangre del tubo que Jarar lleva insertado permanentemente en su abdomen. "Le dije al soldado del tanque que estaba sangrando. Me dijo que me sentara y que me llevarían a ver a un doctor. Permanecimos sentados al sol durante cerca de una hora". Los soldados ofrecieron agua a los dos hombres pero ellos la rechazaron. La hemorragia se hizo más intensa. Después de casi una hora llegaron dos soldados, alzaron a Jarar y lo colocaron sobre el piso de su jeep. "Les dije que no podía viajar en un jeep. Ellos respondieron que no había otra cosa y que me iban a llevar al médico. El tipo conducía el jeep como un poseso y yo no paraba de dar botes y tumbos, lastimando todo mi cuerpo. Les dije que me estaba haciendo daño. Dijeron: "No tengas miedo, no te vas a morir". En el jeep había cuatro soldados y yo iba en el piso. El chofer no redujo la velocidad ni por un instante. Los soldados se reían y ni siquiera me miraban. "Pasaron 20 minutos hasta que llegamos hasta el médico del campamento militar -no sé dónde estaba. Me sacaron fuera y el doctor me puso una venda pero no limpió la zona. Después el doctor me dijo que querían llevarme detenido a Jalameh. Les dije que yo no iba en jeep. Estaba muy cansado. Trajeron una ambulancia. Fui en ambulancia hasta Jalameh y allí el doctor me dejó salir y me aseguró que a partir de ese momento todo iba a ir bien. Cuando el médico se fue vinieron a taparme los ojos y a atarme las manos. Les pregunté qué sentido tenía atarme las manos. ¿Pensaban que iba a escaparme corriendo? Así que no me ataron las manos, pero sí me vendaron los ojos. "Permanecimos allí hasta cerca de las nueve de la noche. Entonces comencé a sangrar de nuevo. Empecé a pedir a gritos un doctor pero el soldado que estaba a mi lado se limitaba a leer el periódico. Me dijeron que esperara otros cinco minutos, pero no trajeron nada. No comí ni bebí nada. Sólo les pedí un cigarrillo y el soldado me lo dio. "A las siete de la tarde dijeron: 'Te vamos a llevar en autobús a Salam'. Había otros 26 detenidos más que permanecían retenidos allí desde las cuatro de la madrugada. Querían llevarme en autobús y yo les grité que no iba a subirme a un autobús por nada del mundo. Les dije que trajeran una ambulancia o que me mataran allí mismo. Todos se marcharon en autobús excepto yo. Allí permanecí, sólo, en el suelo, sangrando sin cesar. Repetía una y otra vez: '¡Traed a un médico! Traed a alguien para que detenga la hemorragia'. Comencé a gritar sin parar, pero el soldado continuó leyendo su periódico." Asasa fue conducido en jeep aparte hasta Jalameh y todavía siente los efectos del accidentado trayecto. Dice que desde ese día no ha podido sentarse cómodamente debido al dolor que siente en la espalda. Tras 3 o 4 horas aguardando junto a su amigo en Jalameh sentado en el suelo, metieron a Asasa en el bus que iba a Salam. Cuando preguntó dónde estaba Jarar le dijeron que se había quedado atrás. Asasa estaba preocupado. "Querían atarme las manos, pero tengo un tubo de diálisis en la muñeca y les dije que si me ataban de esa forma podían darme por muerto. También les dije que no me pusieran nada sobre los ojos, pues no puedo ver. Así pues, no me pusieron nada. En Salam nos dejaron ir y otra vez me obligaron a sentarme en el suelo. Yo no paraba de preguntarles: '¿Dónde hay un oficial? Tengo dificultad para sentarme. No puedo sentarme', y el soldado dijo que tenía que esperar hasta que me vieran los del Shin Bet. Le dije que me llevara donde ellos y me respondieron que me sentara y esperara. A las 9:30 llegó un soldado y dijo: 'Ya puedes irte a casa'". Portavoz del ejército israelí: "La tarde del lunes 28 de octubre un destacamento militar que se hallaba realizando un operativo en la ciudad de Jenin detuvo a una ambulancia palestina con la intención de registrarla. La ambulancia fue detenida debido a que los soldados del puesto de control sospecharon que podía transportar a proscritos. La norma es que las ambulancias palestinas están autorizadas a circular libremente en Judea y Samaria [Cisjordania. N. del T.] ], aunque debido al incremento del número de casos en los que las ambulancias han sido utilizadas para transportar armas y fugitivos, especialmente durante las últimas dos semanas, los soldados israelíes han recibido la orden de inspeccionar someramente pasajeros y equipaje antes de permitir que el vehículo prosiga su ruta. "En este caso un problema técnico del equipo de comunicaciones de la patrulla israelí hizo que fuera imposible verificar in situ si se trataba de proscritos; los dos palestinos fueron trasladados a unas instalaciones cercanas y cuando se comprobó que no eran sospechosos ambos fueron puestos en libertad. Debe señalarse que los dos palestinos no se dirigían urgentemente al hospital sino que realizaban un viaje rutinario de regreso a sus casas." Un soldado dijo al ciego Asasa que le soltarían en las afueras de Rumaneh, a un kilómetro y medio del puesto de control. Eran ya las 9:30 de la noche. "Les dije: 'Soy ciego. ¿Cómo voy a llegar a casa? Llevadme vosotros'. El soldado dijo que no podía. Le dije que entonces me quedaba allí. Luego le pedí que trajera a un oficial, que estaba agotado y que todo lo que quería era irme a casa. Dijo que pronto traería a alguien y que me llevarían a Jalameh. Cerca de una hora u hora y media más tarde apareció un jeep de la policía de fronteras. Le pedí al oficial de policía druso que usara su teléfono móvil para pedir a la ambulancia de Jenin que viniera a recogerme a Jalameh. La ambulancia me llevó hasta el cementerio, donde me esperaban mi hijo y mi mujer. No me sentía bien. Siempre suelo dormir después de la diálisis y habíamos pasado diez horas en el suelo. Todavía no puedo sentarme bien a causa de los dolores que arrastro desde aquel día". A las 9:30 llamaron a una ambulancia para recoger también a Jarar. Fue conducido directamente al hospital de Jenin para que le detuvieran la hemorragia. Su nivel de hemoglobina había descendido peligrosamente. "Créame, si hubiera seguido allí tan sólo una hora más ahora estaría muerto", dice. Finalmente, pudo llegar a casa hacia las once de la noche, es decir, dieciocho horas después de salir de casa de madrugada y doce horas después de ser detenido por primera vez. En el camino de regreso, el soldado que había detenido a Jarar aquella mañana le preguntó cómo se sentía. Jarar no le respondió. "Quería mostrarte que nuestros médicos son mejores que los vuestros", bromeó el soldado al paciente de diálisis que había estado a punto de morir desangrado tras haber sido sometido al espantoso calvario de aquella jornada simplemente porque algunos soldados pensaron que él y su amigo ciego podrían ser peligrosos proscritos y no pudieron verificarlo debido a una avería de su radio. 7 de noviembre del 2002 |