El País - Lunes, 6 de febrero de 2006

Misión imposible en el Sahara

Pasados 15 años de su creación, la fuerza de la ONU ha gastado 600 millones y apenas ha cumplido dos de sus siete objetivos

TOMÁS BÁRBULO (enviado especial) - El Aaiún

En abril de 1991, la ONU desembarcó en el Sahara con el propósito de organizar un referéndum de autodeterminación en el plazo de ocho meses.

Quince años después, es dudoso que la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental (MINURSO) pretenda todavía celebrar la consulta: ni siquiera ha logrado elaborar un censo electoral definitivo.

Ha consumido seiscientos millones de euros, su mandato ha sido prorrogado treinta y una veces y su personal, que antaño rondó los tres mil hombres, ha quedado reducido a doscientos veintiocho civiles y doscientos treinta y un militares.

Esos doscientos treinta y un soldados, a los que les está prohibido llevar armas, son toda la fuerza que hoy se interpone entre los ciento veinte mil militares de Marruecos y los quince mil guerrilleros del Polisario que se disputan el territorio.

Visto desde el aire, el muro de dos mil kilómetros que Marruecos levantó en los años ochenta a lo largo del territorio para frenar las incursiones del Frente Polisario, parece la huella dejada en la arena por un gusano. Cada cinco kilómetros, los extremos de esa huella se ensanchan y forman un círculo, en cuyo centro destacan cañones y tanques: son los "puntos fuertes" de ese sistema defensivo, que está rodeado de campos de minas.

Los militares que lo custodian parecen sacados de la novela El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. En el libro, generaciones de soldados consumen su vida haciendo guardia en una fortaleza fronteriza, a la espera de una invasión siempre inminente, pero que nunca llega a producirse. En el muro del Sahara hay militares marroquíes que llevan veinte años de servicio, vigilando las mismas piedras. Al principio se alojaban en tiendas de campaña. Luego comenzaron a construir pequeñas chabolas. Hoy viven en casetas de piedra y arena levantadas por ellos mismos, a las que han llevado jergones y televisores alimentados con baterías de coche.

Del otro lado del muro, el paisaje no es mejor. Los combatientes del Polisario se alojan en una especie de cuevas artificiales, similares a caparazones de tortuga, difíciles de distinguir desde el aire. A su alrededor se extiende la nada más absoluta, también plagada de minas y de proyectiles sin explotar.

Y junto a unos y otros se hallan desplegadas diez bases de la MINURSO: cinco en el territorio ocupado por Marruecos y otras cinco en el controlado por el Frente Polisario. Desde sus pequeñas construcciones blancas de campaña, también provisionales desde hace quince años, los militares de la fuerza multinacional patrullan el territorio, controlan el alto el fuego y señalan los campos de minas y los proyectiles sin explotar que han sobrevivido a la guerra que se libró allí.

El papel que desempeña hoy la MINURSO es una pálida sombra del que alimentó su creación en 1991. La misión tenía entonces como objetivo impulsar un Plan de Arreglo firmado por Marruecos y el Frente Polisario.

Dicho plan constaba de siete puntos. A estas alturas sólo se han cumplido dos: el control del alto el fuego y la liberación de los prisioneros de guerra. Naciones Unidas ha sido incapaz de hacer avanzar los otros cinco: reducción de tropas, retorno de los refugiados, identificación y registro de los votantes, campaña para el referéndum y, finalmente, celebración de la consulta.

Pero incluso los puntos aparentemente superados tienen serias rémoras. En agosto del año pasado el Frente Polisario liberó a los últimos prisioneros de guerra marroquíes que mantenía en su poder, pero aún sigue reclamando que Marruecos haga lo mismo con los independentistas "desaparecidos" en sus cárceles. Tampoco el alto el fuego es un objetivo cerrado: en su último informe semestral ante el Consejo de Seguridad, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, reveló que Marruecos había violado el acuerdo en trece ocasiones y el Frente Polisario, en diez.

El cuartel general de la MINURSO en El Aaiún está situado literalmente a la sombra de dos antenas descomunales instaladas ex profeso por Marruecos. Nadie sabe para qué sirven exactamente, pero son moneda corriente las denuncias sobre la existencia de escuchas en la sede de la misión. Además, el exterior del complejo está fuertemente vigilado por policías marroquíes que exigen la identificación de los visitantes y, en muchos casos, les impiden el acceso.

Allí tiene su despacho el general danés Kurt Mosgaard, que desde el pasado septiembre está al mando de la fuerza militar. Su toma de posesión coincidió con tres sucesos sin precedentes.

Primero, las manifestaciones independentistas que desde el mes de mayo vienen celebrándose en las principales ciudades del territorio. Segundo, la expulsión por Marruecos de cientos de inmigrantes subsaharianos, capturados en los alrededores de Ceuta y Melilla, hacia la zona controlada por el Frente Polisario. Y tercero, las constantes lluvias que desde hace dos meses han convertido el desierto en un lodazal y han desplazado a kilómetros de distancia muchas minas que se hallaban señalizadas.

A pesar de todas las deficiencias que critican en la MINURSO, ni Marruecos ni el Polisario quieren que desaparezca. A Rabat le interesa una misión débil, pero presente en el territorio. Está protegiendo su explotación de los recursos naturales del Sahara, al tiempo que mantiene alejados a los ciento sesenta mil saharauis refugiados en Tinduf. El Polisario, por el contrario, querría despertarla y fortalecerla para acabar con la agonía del exilio.

El nuevo embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton, opina que si la MINURSO no lograse resultados concretos en el plazo de un año, sería conveniente desmantelarla. Y el nuevo enviado personal de Kofi Annan, Peter van Walsun, ha respondido que es improbable resolver el problema en ese tiempo.

A pesar de esos amagos de ultimátum, no parece probable que Naciones Unidas abandone el Sahara. La razón está en el segundo principio de su propia Carta fundacional, que le encomienda "desarrollar entre las naciones relaciones amistosas basadas en el respeto a los principios de igualdad de derechos y autodeterminación de los pueblos". Renunciar al Sahara sería para la ONU renunciar a su propia esencia.


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