La Jornada - Viernes 28 de julio de 2006
Ataca Tel Aviv un convoy de la Cruz Roja
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ROBERT FISK - The Independent Título original: "On a Red Cross mission of mercy when Israeli air force came calling". Traducción: Jorge Anaya. Arab Selim, 27 de julio. Se suponía que era un viaje de rutina por los campos de matanza de Líbano para los valientes hombres y mujeres del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Sylvie Thoral era la "jefa de grupo" de nuestros dos vehículos; es una francesa de treinta y ocho años de cabello castaño oscuro y ojos como de acero. El ejército israelí estaba informado y había dado lo que el organismo humanitario gusta de llamar "luz verde" a la ruta. Y, desde luego, por poco morimos. Confiar en el ejército y la fuerza aérea israelíes, que violan la convención de Ginebra casi día con día, es empresa arriesgada. Ya sus aviones han atacado, contra toda convención, los cuarteles de la Defensa Civil en Tiro, donde dieron muerte a veinte refugiados. Dos veces han disparado contra camiones llenos de refugiados a quienes ellos mismos habían ordenado salir de sus pueblos. También han atacado dos ambulancias de la Cruz Roja Libanesa en Qana, en las cuales mataron a dos de tres pacientes heridos que iban dentro e hirieron a toda la tripulación, en violación clara y en apariencia deliberada de la Convención de Ginebra de 1949. Pero el CICR debe confiar en el ejército israelí, así que salimos a toda velocidad del sur de Líbano hacia Jezzine, hacia donde se escucha el estruendo de las armas de fuego, bajo las almenas derruidas del castillo de cruzados en Beaufort, a través de las calles fantasmales de Nabatiyeh, con cráteres de bombas y edificios aplastados. Para cruzar el río Litani tenemos que vadear, oyendo el aullido de los motores de aviones, con un ojo en el camino y otro en el cielo. Sylvie y sus camaradas -Christophe Grange, de Francia; Claire Gasser, de Suiza; Saidi Hachemi, de Argelia, y dos libaneses, Beshara Hanna y Edmund Khoury- iban en silencio. Había cráteres nuevos de bombas en la carretera al norte de Nabatiyeh: los ataques ocurrieron apenas horas antes, lo que debió hacernos pensar. Trozos de metralla tapizaban los caminos, junto con enormes pedazos de concreto. Pero habíamos recibido esa tan importante "luz verde" de Tel Aviv. Es posible que los equipos del CICR sean los únicos salvadores en las carreteras del sur de Líbano -su renuencia a criticar a nadie, incluidos los israelíes y Hezbollah, es un silencio digno de ángeles-, aunque su trabajo puede golpear sus emociones con la contundencia de un ataque aéreo. Apenas un día antes habían ido a la aldea de Aiteroun, apenas a kilómetro y medio del desastroso asalto del ejército israelí a Bint Jbeil. En cada aldea "abandonada" del camino aparecía una mujer, luego un niño y más mujeres y ancianos, desesperados por huir. Habría quizá tres mil, y la noche de este jueves Sylvie Thoral trataba de gestionar permiso para un convoy de evacuación. Los israelíes prometen a los libaneses un castigo mucho peor que el que ya han recibido -más de cuatrocientos civiles muertos- por la muerte de tres soldados israelíes y la captura de otros dos por Hezbollah. Pero no han dado la "luz verde" para Aiteroun. "Nos suplicaban que nos los lleváramos, pero no podíamos hacerlo", comenta Saidi con profunda emoción. "Tenían los ojos llenos de lágrimas". Los trabajadores del CICR en Líbano van sin chalecos salvavidas o cascos -están orgullosos de su estatus no militar- y viajar con ellos en las mismas condiciones fue una experiencia extrañamente conmovedora. Viven -a diferencia de los israelíes y sus antagonistas de Hezbollah- según la Convención de Ginebra. Creen en ella cuando todos los demás la violan. Pero hoy, cuando llegamos a Jarjooaa, el CICR en Beirut nos ordenó regresar. Los israelíes bombardeaban el camino al norte, de modo que con renuencia dimos vuelta y emprendimos el regreso colina abajo hacia Arab Selim. La carretera estaba vacía y casi habíamos llegado al fondo de un pequeño valle. Yo reflexionaba en la conversación que tuve poco antes en mi móvil con Patrick Cockburn, corresponsal del The Independent, quien acaba de salir de Bagdad. Nuestros ángeles guardianes trabajaban tan arduamente, dijo, que tenía miedo de que se sindicalizaran y se pusieran en huelga. Fue entonces cuando cinco grandes dedos de humo pardo se levantaron hacia el cielo frente a nosotros: una bomba israelí lanzada desde el aire estalló en el camino a escasos ochenta metros, con esa especie de tartamudeo que los comics expresan con tanta precisión, seguido por el rugido de un jet. Si nos hubiéramos adelantado sólo veinticinco segundos, todos estaríamos muertos. Así pues, volvimos a dar vuelta en redondo, de nuevo hacia Jarjooa, y nos estacionamos bajo el balcón de una casa donde dos mujeres y tres niños nos observaban, haciéndonos señas con las manos y sonriendo. Sylvie estaba callada, pero pude ver la rabia en su rostro. Los israelíes, al parecer, acababan de cometer un "error". Habían leído mal la ruta -o el número- de nuestro convoy. "¿Cómo podemos trabajar así? ¿Cómo demonios podemos hacer nuestro trabajo?", preguntó Sylvie con mezcla de furia y frustración. En todos los caminos que recorrimos sólo pude ver a tres hombres que me parecieron ser de Hezbollah -tampoco ellos respetan la Convención de Ginebra-, pasando a toda velocidad en un Volvo destartalado. Pueden cruzar los ríos a voluntad -igual que nosotros-, simplemente rodeando los cráteres. Entonces, ¿qué caso tuvo volar cuarenta y seis de los puentes del país? Un anciano se acercó llevando una charola plateada con vasos y una jarra de té hirviendo. Generosos hasta el fin, bajo constante ataque aéreo, estos temerosos libaneses nos ofrecían su tradicional hospitalidad incluso ahora, mientras los jets pasaban zumbando sobre nosotros. Nos invitaron a la casa que se negaron a abandonar; caí en cuenta que estos amables libaneses -desarmados, sin conexión con Hezbollah- son la verdadera resistencia en el país. Los hombres y mujeres que salvarán a Líbano. Pero antes de que renunciáramos a nuestro viaje y que Sylvia, su equipo y yo regresáramos a la base del CICR, en el lejano y peligroso sur libanés, un hombre que llevaba una bolsa de legumbres se acercó a Beshara Hanna. "Por favor alejen sus carros de mi casa. Nos ponen en peligro a todos", dijo. Y entonces se me reveló cuán oprobioso es todo esto. El ataque israelí a las ambulancias en Qana -los misiles atravesaron las cruces rojas del toldo- había contaminado también nuestros vehículos. Era un solo hombre, pero para él los israelíes han convertido la Cruz Roja -símbolo de esperanza en el toldo y los costados de nuestros vehículos- en una señal de muerte y temor. |