Fábulas compostas por Félix María de Samaniego (1745 - 1801). Poden verse na edición electrónica de amediavoz.com ou, por exemplo, na edición feita por Ernesto Jareño (Castalia, Madrid, 1969).

Las moscas (I, 11)

A un panal de rica miel
dos mil Moscas acudieron,
que por golosas murieron,
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.

Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.

La gallina de los huevos de oro (V, 6)

Érase una Gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.

Aun con tanta ganancia mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.

Matola; abriole el vientre de contado.
Pero, después de haberla registrado,
¿qué sucedió? Que, muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló mina.

¡Cuántos hay que, teniendo lo bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos,
a veces de tan rápidos efectos,
que solo en pocos meses,
cuando se contemplaban ya marqueses,
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones!

El ratón de la corte y el del campo (I, 8)

Un Ratón cortesano
convidó con un modo muy urbano
a un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
queso fresco de Holanda,
y una despensa llena de vianda
era su alojamiento.
Pues no pudiera haber un aposento
tan magníficamente preparado,
aunque fuese en Ratópolis buscado
con el mayor esmero,
para alojar a Roepán Primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
las paredes y techos adornaban,
entre mil ratonescas golosinas,
salchichones, perniles y cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
De pernil en pernil, de queso en queso.

En esta situación tan lisonjera
llega la Despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
pierden el tino, mas al fin se escapan
atropelladamente
por cierto pasadizo abierto a diente.

—¡Esto tenemos! —dijo el campesino—.
Reniego yo del queso, del tocino
y de quien busca gustos
entre los sobresaltos y los sustos.

Volviose a su campaña en el instante
y estimó mucho más de allí adelante,
sin zozobra, temor ni pesadumbres,
su casita de tierra y sus legumbres.

El zagal y las ovejas (II, 4)

Apacentando un Joven su ganado,
gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor! Que viene el lobo, labradores».
Estos, abandonando sus labores,
acuden prontamente,
y hallan que es una chanza solamente.

Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.

Entonces el Zagal se desgañita,
y por más que patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada,
y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta, de un engaño,
contra el engañador el mayor daño!

Congreso de los ratones (III, 8)

Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
que después de las aguas del diluvio
fue padre universal de todo gato,
ha sido Miauragato
quien más sangrientamente
persiguió a la infeliz ratona gente.
Lo cierto es que, obligada
de su persecución la desdichada,
en Ratópolis tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso
echarle un cascabel, y de esa suerte,
al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno a uno.
¿Quién lo ha de ejecutar? Eso ninguno.
«Yo soy corto de vista». «Yo muy viejo».
«Yo gotoso», decían. El concejo
se acabó como muchos en el mundo.
Proponen un proyecto sin segundo.
Lo aprueban. Hacen otro. ¡Qué portento!
Pero, ¿la ejecución? Ahí está el cuento.

La lechera (II, 2)

Llevaba en la cabeza
una Lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»

Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre le ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz Lechera,
y decía entre sí de esta manera:

«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña, engordará sin tino,
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarelo al mercado,
sacaré de él sin duda buen dinero;
compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña.»

Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera,
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que, saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.

No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.

No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.

La mona (VII, 5)

Subió una Mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde;
conque le supo muy mal.
Arrojola el animal,
y se quedó sin comer.
Así suele suceder
a quien su empresa abandona
porque halla, como la mona,
al principio qué vencer.

El jabalí y la zorra (V, 22)

Sus horribles colmillos aguzaba
un Jabalí en el tronco de una encina.
La Zorra, que vecina
del animal cerdoso se miraba,
le dice: «Extraño el verte,
siendo tú en paz señor de la bellota,
cuando ningún contrario te alborota,
que tus armas afiles de esa suerte.»
La fiera respondió: «Tenga entendido
que en la paz se prepara el buen guerrero,
así como en la calma el marinero,
y que vale por dos el prevenido.»

El pastor (IX, 13)

Salicio usaba tañer
la zampoña todo el año,
y por oírle el rebaño
se olvidaba de pacer.
Mejor sería romper
la zampoña al tal Salicio;
porque si causa perjuicio,
en lugar de utilidad,
la mayor habilidad,
en vez de virtud, es vicio.

La muerte (VI, 11)

Pensaba en elegir la reina Muerte
un ministro de Estado:
le quería de suerte
que hiciese floreciente su reinado.
«El Tabardillo, Gota, Pulmonía
y todas las demás enfermedades,
yo conozco, decía,
que tienen excelentes calidades.
Mas ¿qué importa? La Peste, por ejemplo,
un ministro sería sin segundo;
pero ya por inútil la contemplo,
habiendo tanto médico en el mundo.
Uno de éstos elijo... Mas no quiero,
que están muy bien premiados sus servicios
sin otra recompensa que el dinero.»
Pretendieron la plaza algunos vicios,
alegando en su abono mil razones.
Consideró la Reina su importancia,
y después de maduras reflexiones,
el empleo ocupó la Intemperancia.

La alforja (V, 20)

En una Alforja al hombro
llevo los vicios:
los ajenos delante,
detrás los míos.
Esto hacen todos;
así ven los ajenos,
mas no los propios.

Contos

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