Clarín, 29 - XI - 2005

ELIMINARÁ EL LIMBO DE LA LITURGIA CATÓLICA

La Iglesia debate qué hacer
con el alma de los niños sin bautizar

Julio Algañaraz. EL VATICANO.

El Papa se apresta a eliminar definitivamente el Limbo, esa zona gris del cielo adonde van las almas de los niños muertos sin bautismo. Está reunida en el Vaticano la Comisión Teológica Internacional, que debe dar vida a un documento que responda a la demanda: ¿Y qué se hace entonces con tantas ánimas?

La cuestión es muy peliaguda para la Iglesia y fue Juan Pablo II quien encargó a los teólogos oficiales que buscaran la solución. Como prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal Joseph Ratzinger fue el encargado de organizar los trabajos.

Pero Ratzinger es ahora el nuevo papa Benedicto XVI y su sucesor, el arzobispo norteamericano William Levada, es quien tendría que elevarle el documento que le consignará la Comisión Teológica, que está reunida desde ayer en el Palacio del Santo Oficio del Vaticano. La Comisión fue creada por Pablo VI en 1969 con la misión de examinar las cuestiones doctrinales de la mayor importancia.

Se trata de una cuestión dogmática bien difícil. Durante siglos en la Iglesia prevaleció la línea rigorista de "sin bautismo no hay paraíso". La Iglesia de las últimas décadas prefiere ni mencionar la palabra Limbo, pero las disputas son muy antiguas.

El Concilio de Cartago, en 418, se pronunció contra la teoría optimista que quería a los niños muertos sin bautismo admitidos totalmente a la felicidad sobrenatural.

También San Agustín escribió que el "Limbo de los niños es eterno" porque su condición de que son portadores sólo del pecado original dura por siempre. Durante todo el medioevo, ésta fue la doctrina de la Iglesia.

En el Catecismo de Pío X de 1904, en el que se educaron los católicos durante casi todo el siglo XX, se enseña que "los niños muertos sin bautismo van al Limbo, donde no gozan a Dios pero tampoco sufren porque teniendo el pecado original, pero solo él, no merecen el Paraíso pero tampoco el Purgatorio y el Infierno".

La versión que el Papa aprobó en 1992 prefirió una suerte más serena para los niños muertos sin bautismo. "La Iglesia -afirma el punto 1261- no puede confiarlos a la misericordia de Dios". Y Dios "quiere que todos los hombres sean salvados". Y la ternura de Cristo que le hizo decir: "Dejad que los niños vengan a mí y no impedírselo". Todo esto "nos consiente de esperar que haya una vía de salvación para los niños muertos sin Bautismo", afirma el último Catecismo católico universal.

No hay al parecer objeciones en cancelar definitivamente la palabra Limbo y la Iglesia no la menciona desde hace años. Pero queda abierta la necesidad de aclarar todo lo que está detrás del término, que es una cuestión dogmática de primera magnitud ligada al pecado original y a la purificación que sólo da el bautismo.

Los niños muertos sin haber sido bautizados -la gran mayoría de la Humanidad, que no es católica, más los católicos que no llegaron a ser bautizados-, no pueden entrar en el Reino de Dios porque no se purificaron del pecado original, pero la justicia divina, sostienen teólogos y creyentes católicos, no puede castigar a quien no ha hecho voluntariamente un mal. Aunque el Papa quiere superar una cuestión poco simpática, hasta ahora no ha encontrado un camino hacia el Reino de Dios, fuera de consignarlos "a la misericordia divina".

El País - martes, 29 de noviembre de 2005

Del limbo al cielo sin pasar por el purgatorio

Una Comisión Teológica Internacional abolirá esta semana el limbo y enviará a los niños sin bautizar al cielo

El temido limbo, localizado entre el cielo y el infierno según una tradición católica surgida en la Edad Media, va a ser enterrado definitivamente por la Iglesia esta misma semana. El problema es que, una vez abolido ese lugar sin gloria ni tormento, ¿a dónde se supone que van los niños muertos sin bautizar? Una Comisión Teológica Internacional, que reflexiona sobre este enigma desde ayer en el Vaticano, los quiere enviar directamente al paraíso gracias a "la infinta misericordia de Dios".

Decían los catecismos clásicos que el limbo de los niños o de los justos era un lugar del más allá al que iban a parar quienes morían sin uso de razón y sin haber sido bautizados. Los bebés muertos no han cometido pecados, por lo que su sitio no es el infierno, pero cargan con la culpa del pecado original, por lo que tampoco deberían subir al cielo. Así, su destino era hasta ahora una tercera clase de cavidad distinta del cielo y el infierno, donde pasarían la eternidad sin pena ni gloria. Allí, estas almas cándidas, además de estar privadas de la presencia de Dios, sufrían la ausencia de quienes habían tenido la fortuna de salvarse: padres, hermanos y demás familia. Este lugar fue descrito por Dante Alighieri en la Divina Comedia.

El "noble castillo" de Dante

El poeta italiano lo describe en el siglo XIII como un lugar lleno de almas que no conocieron en vida a Dios. En el "noble castillo", ubicó el hogar de Virgilio, un lugar sin pena ni sufrimiento y de deseo incumplido, donde se encontraban los niños no bautizados, los guerreros ilustres y respetables personalidades a las que se les impedía para siempre ver a Dios. Este lugar gris ha sido objeto de disputas en el seno de la Iglesia desde la antigüedad.

El Concilio de Cártago, celebrado en el año 418 después de Cristo, le negó a los niños sin bautizo poder alcanzar la felicidad eterna. Para San Agustín (357-430) el "limbo para los niños" tenía que ser eterno porque el pecado original es eterno si no es borrado por el bautizo.

Esos principios, que nunca han sido doctrina de la Iglesia Católica sino una proposición teológica, se impusieron a lo largo de los siglos, pese a que Santo Tomás (1225-1227) admitió de que esos niños "son por naturaleza beatos".

Después del Concilio Vaticano II (1962-1965), el concepto fue abandonado y cayó en el olvido, hasta el punto de que el Catecismo en vigor confía, sin elaborar demasiado el nuevo discurso, el destino de los no bautizados "a las manos de Dios". Pero el limbo nunca fue oficialmente abolido hasta la llegada de Juan Pablo II.

El anterior papa, que empezó por desmontar la visión tradicional del cielo, el infierno y el purgatorio -desde el verano de 1999 ya no son lugares físicos, arriba y debajo de la Tierra, sino estados de ánimo: la presencia de Dios es el cielo y su ausencia, el infierno-, ordenó en octubre de 2004 al cardenal Joseph Ratzinger hacer lo mismo con el lugar hasta ahora llamado limbo.

Para ello, se creó una Comisión Teológica Internacional, liderada por el entonces todopoderoso prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisión) y actual Benedicto XVI. Esta comisión está presidida desde abril por el arzobispo William Joseph Levada, que sustituyó en el cargo a Ratzinger.

La hermana muerta de Juan Pablo II

Los trabajos de la Comisión arrancaron ayer y se centran en primer lugar en analizar "la suerte de los niños muertos sin bautismo en el contexto del diseño de salvación universal de Dios, de la unicidad de la mediación de Cristo y de la sacramentalidad de la Iglesia para la salvación". Esto quiere decir que los teólogos del Vaticano quieren salvar a los niños del limbo para conducirlos directamente al paraíso gracias a "la infinta misericordia de Dios". Pueden hacerlo porque esta creencia, conservada durante siglos, jamás fue transformado en dogma por la Iglesia. Al término del seminario, esta misma semana, será aprobado el documento que decretará la desaparición del limbo.

Cuentan que el asunto del limbo fue considerado del "máximo interés" por Juan Pablo II a causa de un duro golpe que recibió en su infancia. Cuando Karol Wojtyla tenía nueve años, su madre falleció al dar a luz a una niña que vino al mundo muerta. Desde entonces, al Papa polaco nunca dejó de preocuparle el destino del alma de su hermana muerta. Además de crear esta comisión, el anterior papa se anticipó a sus conclusiones, ya que el limbo no aparece en el nuevo Catecismo, publicado bajo su pontificado en 1992. Ahora, al invocar la misericordia de Dios para salvarlos, la Iglesia destierra por siempre ese extraño lugar y asegura un pedazo de paraíso a los numerosos niños no bautizados.